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domingo, 24 de octubre de 2010

50 años de bloqueo.


Hostilidad de EU a Cuba, una historia de fracasos.
Washington hizo ilegal desde 1962 cualquier transacción con La Habana.
El pacto de la isla con la URSS, razón para "justificar" el aislamiento impuesto.

La Habana, 21 de octubre. "Cincuenta años de fracaso". Así resumió esta semana su visión sobre el bloqueo estadunidense contra Cuba el comentarista John Stossel, uno de los de mayor audiencia en la conservadora cadena televisiva Fox.

La hostilidad de Washington hacia la isla se ampara en una norma tan lejana como la Ley de Comercio con el Enemigo, de 1917, que fue parte del arsenal estadunidense en la Primera Guerra Mundial; se desarrolló como uno de los focos de tensión de la guerra fría y tiene nuevas expresiones en el mandato de Barack Obama, el undécimo presidente que prolonga la coerción contra la isla.

Stossel fue uno de los comentaristas que citaron el pasado 19 de octubre como el día en que se cumplieron 50 años del bloqueo. En realidad, en esa fecha de 1960 el presidente Dwight Eisenhower prohibió a los barcos de Estados Unidos efectuar exportaciones a Cuba.

El 3 de febrero de 1962, John F. Kennedy firmó la orden ejecutiva presidencial 3447, amparada en la Ley de Asistencia Extranjera del 4 de septiembre de 1961, estableciendo como política gubernamental el bloqueo económico, comercial y financiero de la isla.

"El comunismo colapsó en países con los que tuvimos relaciones comerciales porque el comunismo no funciona", señaló Stossel en su blog. "Sería mejor para los cubanos y el mundo ver el desenvolvimiento del comunismo cubano sin la intervención de Estados Unidos".

A estas alturas, un amplio sector de los medios informativos en Estados Unidos cree, por las más diversas causas, que su gobierno debe levantar las represalias contra La Habana. Hace más de dos décadas se rompió el consenso bipartidista que apoyaba el bloqueo y es creciente la oposición a esa medida en ambas cámaras del Congreso.

Aunque son un fósil de los conflictos estratégicos del siglo pasado, las sanciones contra Cuba están vigentes. Con algunas excepciones, impiden a la isla exportar e importar libremente productos y servicios hacia Estados Unidos, su mercado natural; emplear el dólar estadunidense en operaciones internacionales o tener acceso a créditos de bancos de ese país, de sus filiales y de organismos como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional o el Banco Interamericano de Desarrollo.

El impacto extraterritorial de las leyes Torricelli (1992) y Helms-Burton (1996) impide el comercio de Cuba con subsidiarias de firmas estadunidenses en terceros países; prohíbe a empresas de cualquier nacionalidad exportar a Estados Unidos productos de origen cubano o que tengan algún componente de esa procedencia, o bien, vender bienes o servicios a la isla con más de 10 por ciento de componentes estadunidenses y cierra la entrada durante seis meses a buques que hayan atracado en la nación caribeña o transporten mercancías por cuenta de La Habana. Entre otras implicaciones, las medidas prohíben a bancos de terceros países abrir cuentas en dólares estadunidenses a personas jurídicas o naturales cubanas, las que, a su vez, no pueden realizar transacciones en esa moneda.

La historia ya se escribe con información abundante, por la desclasificación de documentos en Estados Unidos. La apertura significativa más reciente fue en 1991, cuando se publicó un volumen de la serie de memorias del Departamento de Estado, que comprende las relaciones con Cuba entre 1958 y 1960.

Desmenuzando esa parte de documentación disponible, Ricardo Alarcón, líder parlamentario y experto en las relaciones con Estados Unidos, explicaba que los papeles muestran que Eisenhower emprendió la defensa activa del gobierno de Fulgencio Batista. “Al acentuarse la bancarrota de aquel régimen, ocultar el respaldo que seguía entregándole pasó a ser una prioridad para la administración (…) junto al empeño por detener la victoria popular”.

Desde el primero de enero de 1959, cuando multitudes salieron a las calles cubanas, fundiendo la celebración del Año Nuevo con el triunfo de la revolución, se escalonaron las acciones hostiles de Washington. Funcionarios del régimen depuesto llegaron a Miami con fondos públicos de la isla, que Estados Unidos se negó a devolver al nuevo régimen; los cálculos de la época los cifraron en más de 400 millones de dólares.

El mismo año, el gobierno revolucionario tomó decisiones que golpearon directamente intereses estadunidenses: rebaja de la tarifa eléctrica, intervención de la empresa telefónica, una reforma agraria, límite a la repatriación de beneficios, una ley de petróleo y otra de minas.

En 1960, Cuba firmó el primer convenio comercial con la Unión Soviética y disparó la reacción que durante décadas sería el paraguas bajo el cual Estados Unidos explicaría sus represalias: la isla pasaba a ser una "amenaza comunista".

A lo largo del tiempo el discurso cambió según la época. Como condición para levantar el bloqueo, el gobierno de Washington quiso, sucesivamente, que Cuba saliera de la órbita soviética; que dejara de apoyar a las guerrillas latinoamericanas; que saliera de Angola o que cambiara su sistema político.

1960 fue un año de ascenso en la espiral del conflicto. Las petroleras estadunidenses se negaron a refinar crudo soviético y La Habana las intervino. Eisenhower suspendió la cuota azucarera para la zafra en curso. La isla nacionalizó la banca extranjera y 382 empresas privadas. Washington reaccionó con las prohibiciones a los barcos.

La contienda transcurrió entre sabotajes a objetivos económicos, de los que Cuba responsabilizó al gobierno de Estados Unidos y a los exiliados. Todavía en 1960, Washington aprobó un plan de presiones contra la isla y recomendó a sus ciudadanos abstenerse de viajar al país vecino, salvo casos de emergencia.

Con Kennedy, embargo total

John F. Kennedy avivó la hoguera. En 1961 suspendió por completo la cuota azucarera cubana y el Congreso lo autorizó a establecer un embargo total sobre el comercio con la isla. Tras el fracaso de la invasión a Playa Girón, en abril de ese año, el jefe de la Casa Blanca autorizó el Proyecto Cuba (u Operación Mangosta), un plan de ataques que incluyó sabotajes contra ese país.

El Proyecto Cuba se desarrolló durante 1962, año en que se declaró formalmente el bloqueo. Las represalias se endurecieron en 1963, cuando el Departamento del Tesoro invocó la Ley de Comercio con el Enemigo para establecer unas Regulaciones de Control de Activos Cubanos, que detallaron cómo sería el cerco.

Durante las décadas siguientes, la coerción arreció; se fueron precisando hasta los detalles y sólo en algunas épocas llegó a tener alivios parciales. En 1988, con el gobierno de Ronald Reagan, se penalizaron las violaciones al bloqueo y para ello aumentó la actividad de la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) del Departamento del Tesoro.

George W.H. Bush refrendó en 1992 la Ley para la Democracia en Cuba (o ley Torricelli), que prohíbe el comercio de las subsidiarias estadunidenses con la isla; prohíbe a los barcos que toquen puertos cubanos con fines comerciales, atracar en puertos estadunidenses en los siguientes 180 días y establece el "Carril II" o incremento de información e intercambio entre habitantes de ambos países.

Bill Clinton firmó en 1996 la Ley para la Libertad y la Solidaridad Democrática Cubanas (Helms-Burton), que consolida toda la política de hostilidad económica contra Cuba. Desde entonces, las opciones para eliminar el bloqueo contra la isla son una decisión del Congreso, que derogue esa norma, o acciones ejecutivas presidenciales, que dispongan y acumulen excepciones.


lunes, 30 de agosto de 2010

Tres mil, bombas atómicas y bloqueo.




No sé si habrán notado que hace unos días este blog superó los 3 mil seguidores. Saludo a cada una de esas 3037 personas y a otros que no dan fe, pero dan vueltas.

La cifra me hace recordar que hace treinta y ocho años, cuando los vietnamitas derribaron el avión agresor número 3 mil, hice una canción algo violenta, llamada 3,000 pájaros, celebrando la cifra. La verdad es que no me alegraba de que muriera nadie, ni siquiera los invasores. Pero entre víctimas y victimarios, prefiero que le vaya peor al que agrede, mucho más si va a pegarle al otro allá, lejísimo, donde nadie lo llamó; mucho más si es más grande, más rico y más arrogante, como era el caso.

No hace mucho leí en un blog que su autor aprobaba el lanzamiento de las bombas atómicas sobre las indefensas ciudades de Hiroshima y Nagasaki. Esta afirmación me dio vergüenza humana. Desde este otro blog yo digo que ese acto es una de las mayores vergüenzas de la Historia. Al otro le parecieron buenas esas bombas porque Japón se rindió enseguida y se evitaron muertes en las islitas del Pacífico, donde los marines tenían que pelear duro para sacar a sus adversarios de las cuevas. Pero si lo que querían era persuadir a Japón, ¿por qué no lanzaron esos horrores en el horizonte, para que los vieran desde lejos y se aconsejaran? No. Prefirieron acabar con 140 mil seres humanos de un sólo golpe, para que el mundo viera lo temibles que eran. Y, por si quedaba alguna duda, unos días después le hicieron lo mismo a otros 70 mil.

210, 000 muertes persuasivas, sin contar los miles que las radiaciones se han ido cargando hasta nuestros días.

El bloqueo a Cuba es otra medida persuasiva, otra guerra, en este caso económica. Medio siglo de intimidación, presiones y chantajes. No sólo a Cuba, también a otros países para que nos aprieten. Y todavía hay quienes dicen que el bloque no existe, porque Estados Unidos es nuestro tercer socio comercial. Al gobierno de los Estados Unidos le conviene que los productores de granos sureños le vendan a Cuba. Los mismos productores han peleado su derecho a vendernos y el gobierno ha tenido que ir cediendo (y de paso se hacen los buenos). La verdad es que somos su mercado idóneo, les quedamos al lado, mínimos gastos en transporte y, para colmo, se les paga en efectivo, con maletas llenas de millones de dólares, como exige la Casa Blanca, sin concedernos ni un grano de maíz de crédito. ¿Quién se atreve a decir que eso no es justo? ¿Quién dice que Cuba está bloqueada?

Hay que querer mucho a la metrópoli y muy poco a la dignidad de su propio país, para afirmar públicamente que como ese intercambio desesperado existe, no existe el bloqueo.

Queridos amigos, no busquen más paternidades: sólo son hijos de Narciso López.

Silvio Rodríguez.



viernes, 13 de agosto de 2010

La trágica historia de bloqueos y sanciones.


Los bloqueos han conservado su popularidad como un arma utilizada por las potencias fuertes contra las débiles. En la mayor parte de los casos no han sido efectivos para lograr su propósito declarado. Constituyen un ejercicio de carácter vengativo, como en el caso del embargo estadounidense sobre Vietnam y Camboya después de la guerra de Indochina, o el bloqueo de Gaza por Israel con la intención expresa de "poner a dieta a la población".




Pocas personas recuerdan ahora que durante muchos meses después del fin de la Primera Guerra Mundial en noviembre de 1918, se mantuvo en todo su rigor el bloqueo de Alemania, cuya población ya estaba al borde de la inanición. Las autoridades alemanes preveían para la primavera siguiente un aumento de un 50% en la tasa de mortalidad infantil. En una memoria posterior, John Maynard Keynes atribuyó la prolongación del castigo a los civiles a una causa inherente en la burocracia. El bloqueo se había convertido en un instrumento muy perfeccionado. Su creación había tardado cuatro años y era el mejor logro de Whitehall [metónimo para el gobierno administrativo británico, N. del T.]; había evocado las cualidades de los ingleses en su máxima sutileza. Sus autores habían llegado a quererlo por sí solo; incluía algunas mejoras recientes, que se desperdiciarían con su fin; era muy complicado, y una vasta organización había establecido un interés creado. Los expertos informaron, por lo tanto, de que era nuestro único instrumento para imponer a Alemania nuestros términos para la paz, y que una vez suspendido sería muy difícil volver a imponerlo.

Finalmente se levantó la prohibición de importaciones de alimentos (por miedo a promover el bolchevismo) antes de que Alemania aceptara las condiciones punitivas del tratado de Versalles, pero los bloqueos han conservado su popularidad como un arma utilizada por las potencias fuertes contra las débiles. En la mayor parte de los casos no han sido efectivos para lograr su propósito declarado, la notable excepción son las sanciones impuestas renuentemente por los gobiernos occidentales como reacción a la presión popular contra el régimen sudafricano del apartheid. Más a menudo constituyen un ejercicio de carácter vengativo, como en el caso del embargo estadounidense sobre Vietnam y Camboya después de la guerra de Indochina, o el bloqueo de Gaza por Israel con la intención expresa de "poner a dieta a la población".

Los múltiples desastres infligidos a Iraq desde la invasión anglo-estadounidense de 2003 han tendido a dejar en segundo plano la "guerra invisible" letalmente efectiva librada contra civiles iraquíes entre agosto de 1990 y mayo de 2003, con la plena autorización de las Naciones Unidas y la incansable atención de los gobiernos de EE.UU. y Gran Bretaña. Como ejemplo de una crueldad cuidadosamente urdida, esta historia presenta un parecido cercano al ejercicio de Gran Bretaña sobre Alemania. En ambos casos, las sanciones se mantuvieron después de que su propósito original -la derrota militar de la nación bloqueada- se había logrado, y en ambos casos apuntaban a civiles mientras dejaban a sus gobernantes relativamente indemnes. Los que implementaban los bloqueos argüían vehementemente que su suspensión significaría una inversión de la victoria en el campo de batalla y la vuelta de la potencia derrotada a sus actitudes belicosas.

Incluso en esa ocasión las sanciones contra Iraq causaron sólo un comentario público esporádico, e incluso se prestó menos atención a las maniobras burocráticas en Washington, siempre con la anuente ayuda de Londres, que aseguraron las muertes de medio millón de niños, entre otras consecuencias. En su excelente libro, Joy Gordon las enumera en horripilante detalle, mientras suministra un riguroso examen de las coartadas y excusas presentadas por los partidarios de las sanciones en esos días y desde entonces: el sufrimiento se debía enteramente a la obstinación de Sadam Hussein; los suministros de alimentos y medicinas estaban disponibles pero eran retenidos por el régimen en función de los intereses de su propaganda; el programa de Alimentos por Petróleo era corrupto y permitía que Sadam evadiera el impacto de las sanciones, etc.

El fundamento legal de la campaña se basaba en la Resolución 661 del Consejo de Seguridad, aprobada en agosto de 1990 poco después de la invasión de Kuwait por Sadam. Ésta prohibía a todos los Estados miembros de la ONU que comerciaran con Iraq: la prohibición incluía crucialmente todas las compras de petróleo. Para no dejar nada al azar, EE.UU. ofreció honorarios de ayuda económica antes de la votación a países empobrecidos como Etiopia y Zaire, que entonces servían como miembros temporales del Consejo de Seguridad. Después de votar contra la resolución, se informó de modo tajante al embajador yemení en la ONU que: "Ese será el voto de 'no' más costoso que usted haya jamás emitido". Tres días más tarde, EE.UU. canceló todo el programa de ayuda para su país.

Irónicamente, las sanciones contra Iraq fueron populares al principio entre gente de mente liberal porque parecían ofrecer una alternativa a la guerra. A medida que la determinación del gobierno de Bush de ir a la guerra se hizo más evidente, el que se diera "tiempo para que surtieran efecto" las sanciones se convirtió en un grito unificador para el partido de la paz. Después de todo, las sanciones económicas habían puesto de rodillas al régimen del apartheid sin derramamiento de sangre o un sufrimiento notable de la población: ¿por qué no utilizarlas contra Sadam Hussein?

Menos publicitadas fueron las severas sanciones de EE.UU. contra Camboya, motivadas por poco más que el despecho por la derrota de los jemeres rojos por el régimen con la ayuda vietnamita. Casualmente se estaban reduciendo en 1990 después de revelaciones embarazosas del continuo apoyo estadounidense a los jemeres rojos.

La guerra, cuando tuvo lugar, se dirigió tanto contra la economía de Iraq como contra su ejército en Kuwait. Características clave de la campaña de bombardeo tenían el propósito -como me explicó más tarde su principal planificador, el coronel John Warden de la fuerza aérea de EE.UU.- de destruir los 'nodos críticos' que permitían que Iraq funcionara como una sociedad industrial moderna. La fuerza aérea había soñado con poder hacer algo semejante desde antes de la Segunda Guerra Mundial, y Warden pensó que la introducción de "bombas inteligentes" con guías de precisión ahora la convertían en una proposición práctica. Las centrales de energía eléctrica de Iraq, sus centros de telecomunicaciones, refinerías de petróleo, plantas de tratamiento de aguas usadas y otras infraestructuras claves, fueron destruidas o fuertemente dañadas. Warden, recuerdo, estaba irritado porque el bombardeo adicional a su plan original había restado brillo al impacto de su ataque quirúrgico contra los pilares que apoyaban la sociedad iraquí moderna.

Sorprendentemente, gran parte del daño se reparó un año después del fin de la guerra después de una campaña nacional presentada como "el contraataque". Yo había visitado la central eléctrica al-Dora al borde de Bagdad en 1991 y encontré un montón de metal torcido. Siete meses después descubrí que la mitad de la central estaba de nuevo funcionando. La sala de control, totalmente demolida por bombas aliadas, había sido rehabilitada totalmente, con la combinación de color pastel preferida por sus diseñadores italianos originales. Mirando de cerca los diales del panel de control pude ver que los números se habían pintado concienzudamente con un pincel delgado. Si este programa de reconstrucción hubiese podido utilizar los miles de millones de dólares que otrora provenían de las ventas de petróleo, Iraq habría podido volver rápidamente a su condición de preguerra. Pero el contraataque se realizó con reparaciones improvisadas y repuestos tomados de otras máquinas. A medida que persistía el bloqueo, el deterioro de la infraestructura fue incesante.

El primer indicio de que el bloqueo continuaría a pesar de que Iraq había sido expulsado de Kuwait vino en una observación casual de Bush en una información de prensa del 16 de abril de 1991. No habría relaciones normales con Iraq, dijo, hasta que "Sadam Hussein se vaya": "Continuaremos con las sanciones económicas". Oficialmente, EE.UU. había hecho constar su compromiso de que las sanciones se levantarían una vez que Kuwait hubiera sido compensado por el daño sufrido durante seis meses de ocupación y una vez que se confirmara que Iraq ya no poseía "armas de destrucción masiva" o la capacidad para producirlas. Se creó una organización especial de inspección de la ONU, Unscom, dirigida por el diplomático sueco Rolf Ekeus, un veterano de las negociaciones de control de armas. Pero en caso de que alguien no hubiera comprendido el punto principal de la declaración de Bush, su consejero nacional de seguridad adjunto, Robert Gates (actual secretario de defensa de Obama), lo dijo llanamente unas pocas semanas después: "Sadam está desacreditado y no puede redimirse. Su dirigencia nunca será aceptada por la comunidad mundial. Por ello'', siguió diciendo Gates, "los iraquíes tendrán que pagar el precio mientras él continúe en el poder. Todas las sanciones posibles se mantendrán hasta que se haya ido".

A pesar de esta confirmación explícita de que la justificación oficial de las sanciones era irrelevante, la supuesta negativa de Sadam a entregar su arsenal mortífero fue blandida por los partidarios de las sanciones cada vez que el precio que pagaban los iraquíes atraía la atención del mundo exterior. Y aunque Bush y Gates afirmaban que Sadam, no sus armas, era el verdadero objetivo de las sanciones, funcionarios en la central de la CIA en Langley me aseguraron en esos días que un derrocamiento del dictador por una población desesperada por las sanciones era "la alternativa menos probable". El empobrecimiento de Iraq -para no hablar de la exclusión de su petróleo del mercado global en beneficio de los precios del petróleo- no era un medio hacia un objetivo: era el objetivo.

Al visitar Iraq en ese primer verano de sanciones de posguerra, encontré una población conmocionada por el desastre que la estaba reduciendo a un estándar de vida del Tercer Mundo. Las casas de subasta de Bagdad estaban repletas de reliquias de familia y muebles de las clases medias, vendidos en un esfuerzo desesperado por sobrellevar la inflación. En el enclave de la clase media superior de Mansur, vi una multitud frenética de amas de casa que se apresuraba a buscar suministros de alimentos distribuidos por la obra benéfica estadounidense Catholic Relief Services. Doctores, en su mayoría formados en Gran Bretaña, mostraban sus dispensarios vacíos. Por todas partes la gente preguntaba cuándo se levantarían las sanciones, suponiendo que en el peor de los casos durarían sólo unos meses (una creencia compartida inicialmente por Sadam). La idea de que seguirían en vigor diez años después era inimaginable.

Los médicos no deberían haber tenido motivos de preocupación. La resolución 661 prohibía la venta o el suministro de cualesquiera bienes a Iraq (o a Kuwait cuando aún estaba bajo control iraquí) con la excepción explícita de "suministros con el objeto estricto de propósitos médicos, y, en circunstancias humanitarias, alimentos". Sin embargo, cada ítem específico que Iraq trataba de importar, incluyendo alimentos y medicinas, tenía que ser aprobado por el "Comité 661", creado con este propósito y dotado de personal por los 15 miembros del Consejo de Seguridad. El comité se reunía en secreto y apenas publicaba alguna información sobre sus actos. Gracias al fin de la Unión Soviética, EE.UU. dominaba la ONU, y la utilizaba para suministrar un manto de legitimidad a sus acciones unilaterales.

El propósito declarado del Comité 661 era considerar y autorizar excepciones a las sanciones pero, como explica Gordon, su verdadera función era denegar la importación de hasta los suministros más inocuos sobre la base de que podrían, teóricamente, utilizarse en la producción de armas de destrucción masiva. Una cláusula ingeniosa permitía que cualquier miembro del comité postergara cualquier productocuya aprobación se había solicitado. Por lo tanto, aunque otros miembros, incluso una mayoría, hubieran deseado acelerar el envío de bienes a Iraq, EE.UU. y su siempre dispuesto socio británico podían bloquear -y lo hicieron- todo lo que quisieran con la más débil excusa. Como medio para reducir un Estado que era próspero a una condición pre-industrial y mantenerlo en ella, este sistema habría provocado la envidia de los burócratas del bloqueo ridiculizados por Keynes. Por lo tanto, a comienzos de los años noventa, EE.UU. bloqueó, entre otras cosas, sal, pipas de agua, bicicletas para niños, materiales utilizados para producir pañales, equipos para procesar leche en polvo y tejido para hacer vestimentas. La lista se extendió posteriormente para que incluyera interruptores, enchufes, marcos de ventanas, azulejos y pintura. En 1991, los representantes de EE.UU. argumentaron vigorosamente contra el permiso para que Iraq importara leche en polvo sobre la base de que no cubría una necesidad humanitaria. Más adelante los diplomáticos argumentaron sumisamente que un pedido de vacunas para niños, consideradas "sospechosas" por expertos en armas en Washington, debía rechazarse.

Durante todo el período de sanciones, EE.UU. frustró los intentos de Iraq de importar bombas necesarias para las plantas de tratamiento de agua del Tigris, que se había convertido en una alcantarilla abierta gracias a la destrucción de las plantas de tratamiento. El cloro, vital para tratar un suministro contaminado de agua, se prohibió sobre la base de que podría utilizarse como arma química. Las consecuencias de todo esto fueron visibles en las salas pediátricas. Cada año aumentaba la cantidad de niños que morían antes de llegar a su primer cumpleaños, de uno por cada 30 en 1990 a uno por cada ocho siete años después. Especialistas de la salud estaban de acuerdo en que se debía al agua contaminada: los niños eran especialmente susceptibles a sufrir gastroenteritis y cólera causadas por agua sucia.

Si el objetivo de un embargo de semejante amplitud había sido ciertamente el derrocamiento del dictador, sus perpetradores podrían haber considerado el hecho de que estaba teniendo el efecto contrario. Sadam, cuya invasión de Kuwait había llevado al desastre, podía ahora culpar a las potencias extranjeras como fuente del sufrimiento de los iraquíes. Mientras los ahorros y los ingresos de la gente disminuían debido a la inflación rampante y al desempleo generalizado, llegó a depender cada vez más de las raciones, por escasas que fueran, distribuidas por el eficiente aparato gubernamental de Sadam. Debido a la escasez de las medicinas y al deterioro de los hospitales, los iraquíes llegaron a creer que casi cualquier enfermedad podría ser curable si no fuera por las sanciones. En el campo, los aldeanos conservaban frecuentemente radiografías polvorientas por si las sanciones terminaban un día y podrían encontrar una cura.

Casi todo el tiempo, los que supervisaban el bloqueo pudieron realizar su tarea sin enfrentarse a reproches públicos. De vez en cuando una información en la prensa desde Bagdad destacaba el inmenso desastre a cámara lenta en Iraq, pero en su mayoría la conciencia del mundo, y especialmente la del público estadounidense, no se inquietó. Funcionarios del gobierno se tranquilizaban diciendo que cualquier penuria era enteramente por culpa de Sadam, y que en todo caso los informes sobre sufrimientos civiles eran deliberadamente exagerados por el régimen iraquí. Como me dijo, con toda sinceridad, en aquel entonces un funcionario estadounidense con un papel clave en las inspecciones de armas de Unscom: "Los que que informan sobre todos esos bebés moribundos son cuidadosamente orientados por el gobierno hacia ciertos hospitales". A pesar de resmas de estadísticas de mortalidad infantil recolectas por diversas fuentes exteriores, como la Organización Mundial de la Salud, fue imposible convencerlo de lo contrario.

Muy ocasionalmente aparecía un rayo de verdad. En 1996, el corresponsal de 60 Minutes, Lesley Stahl, entrevistó a Madeleine Albright, entonces embajadora de EE.UU. en la ONU. Albright sostuvo que las sanciones habían demostrado su valor porque Sadam había hecho algunas admisiones sobre sus programas de armas y había reconocido la independencia de Kuwait (lo hizo en 1991, directamente después de la guerra). Cuando le preguntaron si esto valía la muerte de medio millón de niños, Albright respondió: "Pensamos que el precio vale la pena". Años más tarde, como señala Gordon, Albright todavía "trataba de explicar que no hubiera podido responder más efectivamente a lo que describió como 'nuestro problema de relaciones públicas'". Sus intentos de justificar la política encontraron su eco en otros partidarios de las sanciones, como el funcionario del Departamento de Estado citado por Gordon que sostuvo que "EE.UU. está realizando un bien público, pero fracasó en la tarea de vender la idea a otros países".

En el primer año de sanciones, la ONU ofreció que permitiría que Iraq vendiera una cantidad limitada de petróleo bajo condiciones estrictas. Sadam lo rechazó sobre la base de que infringía la soberanía de Iraq, pero cinco años más tarde aceptó una oferta mejorada que permitía que Iraq vendiera su petróleo y utilizara los ingresos, bajo supervisión de la ONU, para comprar alimentos y algunos otros requerimientos esenciales. Según los términos del programa, gran parte del dinero fue inmediatamente desviado para pagar lo que algunos críticos llamaron pedidos "inverosímilmente elevados" de compensación de daños por la invasión de 1990 de Kuwait y los costes de inspecciones de Unscom y otros costes administrativos de la ONU en Iraq. Aunque el arreglo permitió algunas mejoras en los estándares de vida, no hubo ningún cambio fundamental: el Secretario General de la ONU, Kofi Annan, informó en noviembre de 1997 de que, a pesar del programa, un 31% de los niños menores de cinco años todavía sufrían desnutrición, los suministros de agua potable y medicinas eran "demasiado inadecuados" y la infraestructura sanitaria sufría un "deterioro excepcionalmente serio".

A los iraquíes les fue posible extraer una cierta ventaja pecuniaria del programa de Petróleo por Alimentos gracias a sobornos de comerciantes petroleros a los que favorecían con adjudicaciones, así como de compañías, como comerciantes en trigo, a los cuales compraban suministros. En 2004, mientras Iraq se desintegraba, el "escándalo de Petróleo por Alimentos", se publicitó con mucho alboroto en la prensa de EE.UU. como "el mayor robo de la historia". El Congreso, que había mantenido un silencio casi total durante los años de sanciones, estalló ahora con denuncias del fraude y del engaño del dictador caído, que, con la presunta complicidad de la ONU, había sido supuestamente la causa directa de tantas muertes.

Gordon pone todo esto en contexto. "Bajo el programa de Petróleo por Alimentos, el gobierno iraquí se llevó cerca de un 10% de contratos de importación y durante poco tiempo recibió pagos ilícitos por ventas de petróleo. Las dos cosas combinadas ascendieron a unos 2.000 millones de dólaresÂ… En contraste, en 14 meses de ocupación, la autoridad de ocupación dirigida por EE.UU. extrajo fondos por 18.000 millones de dólares" -dinero obtenido con la venta de petróleo, que desapareció con poco o ningún control y sin ninguna ventaja discernible para el pueblo iraquí. Sadam podrá haber derrochado millones en palacios de mármol (construidos rápido y mal, como descubrieron los subsiguientes ocupantes militares de EE.UU.), pero su codicia palideció en comparación con la de sus sucesores.

El estrangulamiento económico de Iraq se justificó sobre la base de la supuesta posesión de armas nucleares, químicas o biológicas por Sadam. Año tras año, los inspectores de la ONU recorrieron Iraq en busca de evidencias de la existencia de esas ADM. Pero después de 1991, el primer año de inspecciones, cuando fue detectada y destruida la infraestructura del programa de armas nucleares de Iraq, nunca se volvió a encontrar nada más. Ante los antecedentes de Sadam en la negación de la existencia de su proyecto nuclear (su arsenal químico era bien conocido; lo había utilizado ampliamente en la guerra Irán-Iraq, con aprobación de EE.UU.) los inspectores tuvieron buenos motivos para sospechar, por lo menos hasta agosto de 1995. Fue cuando Hussein Kamel, yerno de Sadam y ex supervisor de sus programas de armas, desertó repentinamente a Jordania, donde fue interrogado por la CIA, MI6 y Unscom. En esas entrevistas dejó perfectamente claro que todo el arsenal de ADM se había destruido en 1991, una confesión que sus interlocutores, incluidos los inspectores de la ONU, hicieron lo posible por ocultar al mundo exterior.

A pesar de todo, a comienzos de 1997, Rolf Ekeus había concluido, como me dijo muchos años después, que debía informar al Consejo de Seguridad de que Irán no poseía armas de destrucción masiva y que por lo tanto cumplía con las resoluciones del Consejo, con la excepción de unos pocos puntos. Se sentía obligado a recomendar que las sanciones se levantaran. Los informes sobre sus intenciones hicieron que cundiera el pánico en el gobierno de Clinton. El fin de las sanciones expondría a Clinton a ataques republicanos por dejar que Sadam saliera del atolladero. El problema se solucionó, me explicó Exeus, haciendo que Madeleine Albright, recién instalada como secretaria de Estado, declarara en un discurso público el 26 de marzo de 1997 que "no estamos de acuerdo con las naciones que argumentan que las sanciones se deberían levantar si Iraq cumple con sus obligaciones respecto a las armas de destrucción masiva". El resultado previsible fue que Sadam vio que tenía poco sentido seguir cooperando con los inspectores. Esto provocó una serie creciente de confrontaciones entre el equipo de Unscom y funcionarios de la seguridad iraquí, que terminó con la expulsión de los inspectores, afirmaciones de que Sadam "se negaba a desarmarse" y, finalmente, a la guerra.

Denis Halliday, el coordinador humanitario de la ONU para Iraq, quien renunció en 1998 en protesta por lo que calificó de régimen "genocida" de sanciones, describió entonces sus peores efectos sobre la sociedad iraquí. Toda una generación de jóvenes había crecido aislada del mundo exterior. Los comparó, ominosamente, con los huérfanos de la guerra rusa en Afganistán,que luego formaron los talibanes. "Lo que debería preocupar es la posibilidad de que por lo menos se desarrolle más pensamiento fundamentalista islámico", advirtió Halliday. "No se comprende bien que es una posible derivación del régimen de sanciones. Estamos impulsando a la gente a adoptar posiciones extremas". Ésta fue la sociedad a la que los ejércitos de EE.UU. y Gran Bretaña se enfrentaron en 2003: empobrecida, extremista y colérica. Mientras cuenta las pérdidas que ha sufrido por bombas al borde de la ruta y ataques suicidas, Occidente debería reflexionar cuidadosamente antes de volver a desplegar una vez más el "instrumento perfecto" de un bloqueo.

martes, 13 de julio de 2010

Somos y debemos ser soci★listas.


Reflexion del comandante del dia 4 Octubre 2008.


El pasado 2 de octubre hablamos del precio internacional de los combustibles que estamos consumiendo. Tengo la impresión de que por su magnitud llamó la atención a muchos dirigentes y cuadros.

Se habla en general de los porcentajes de la población que tienen acceso a la electricidad u otros servicios de la vida moderna. Este puede variar desde el 40 por ciento o menos hasta el 60 por ciento o un poco más; dependerá del acceso a recursos hidroeléctricos u otros factores.

Antes del 1º de enero de 1959, casi la mitad de la población de Cuba carecía de electricidad. En la actualidad, con una población alrededor de dos veces mayor y amplio acceso a esa energía, su consumo se ha multiplicado varias veces.

En nuestro país, como en gran parte del mundo ?excepto las naciones superricas?, esa electricidad llega por aire con empleo de torres, postes eléctricos, transformadores y otros medios, muchos de los cuales han sido derribados por los fuertes vientos de los huracanes Ike y Gustav a lo largo y ancho de la Isla.

Un artículo de Granma, suscrito por María Julia Mayoral, señala a grandes rasgos los destrozos en la red eléctrica causados por ambos fenómenos; pero, además, añade que durante el cruce de los huracanes los grupos electrógenos aseguraron la electricidad a “966 panaderías, 207 centros de elaboración de alimentos, 372 emisoras de radio, 193 hospitales, 496 policlínicos, 635 estaciones de bombeo de agua, 138 hogares de ancianos, entre otros centros fundamentales.”

“Ese aseguramiento significa … que en muy breve tiempo se tuvieron que desmontar cientos de equipos de emergencia ubicados en entidades productivas y de servicios, a fin de instalarlos de manera emergente en sitios sin conexiones con el SEN. Esto fue posible gracias a la acción coordinada de brigadas de montaje de varios organismos, empresas transportistas y el apoyo de las autoridades locales. Los medios trasladados provisionalmente volverán a sus centros de origen cuando la situación quede normalizada.”

Las palabras, que transcribo de forma textual, demuestran el desvelo con que los cuadros del Partido y del Gobierno, nacionales y locales, se han dedicado a buscar soluciones.

El artículo de María Julia se titula «Millonarios Gastos para dar Luz a la Población».

Considero oportuno recordar que los grupos electrógenos fueron instalados para los siguientes objetivos:

– Garantizar servicios vitales como la salud o la conservación de alimentos en cualquier circunstancia;

– Producciones alimenticias industriales como pan, leche y otras similares.

– Asegurar fundiciones de acero, que no pueden interrumpirse porque causarían graves daños a la industria.

– Servicios de la defensa e informaciones públicas que no pueden faltar en ningún momento. Baste señalar los propios centros de Meteorología y sus radares, que siguen la trayectoria de los huracanes.

– Generación progresiva de electricidad con mínimo de consumo, mucho más eficiente que las termoeléctricas disponibles.

Señalados estos puntos, es necesario recordar que los grupos electrógenos van, desde pequeños motores con potencia para producir 40 o menos kiloWatts/hora, hasta equipos de más de 1,000. A veces hay que sumar varios de estos motores, por ejemplo, en un centro hospitalario con avanzado equipamiento tecnológico y un sistema de climatización indispensable, que suelen ser grandes consumidores de energía.

Tales motores funcionan con diésel y su eficiencia crece en la medida que aumenta su capacidad de generar electricidad hasta un punto determinado. Requieren grasas adecuadas, reservas de piezas, mantenimiento, etcétera.

Un número creciente de grupos electrógenos están constituidos por motores que son de producción continua y que consumen otro combustible.

Lo ideal es que cada centro de producción o servicios señalado reciba electricidad del Sistema Electroenergético Nacional (SEN), con máquinas de más eficiencia que trabajan con fuel oil, de mucho menor costo que el diésel, obtenido de la refinación del petróleo, combustible de creciente uso en el transporte de carga y pasajeros, tractores y otros equipos agrícolas.

Cuando por cualquier causa los grupos electrógenos que trabajan con diésel se convierten en generadores de electricidad para las viviendas y son sometidos a un régimen de trabajo durante 20 horas o más, las consecuencias son negativas. Su destino principal son las emergencias y, en el desarrollo actual de Cuba, un número reducido de horas/pico.

Dentro de los generadores que consumen hidrocarburos, nada puede compararse con los grupos electrógenos que trabajan con fuel oil aunque la inversión sea más costosa. Por su peso y complejidad, no pueden trasladarse de un lugar a otro en cualquier momento. En ese sentido, únicamente los superan las plantas de ciclo combinado a partir de gas, al que se le extraen previamente el azufre y otros elementos contaminantes.

Es conveniente recordar la necesidad de que ningún cuadro olvide que no se debe perder un minuto en reintegrar todos los motores que consumen diésel a sus funciones en municipios y provincias vecinas tan pronto cese la emergencia. Tenemos serios déficit de ese combustible, se gasta demasiado en el país y ha sido imprescindible reducir las asignaciones demandadas.

La producción y distribución de alimentos y materiales de construcción, reitero, tienen prioridad absoluta en estos momentos. No somos un país capitalista desarrollado en crisis, cuyos líderes enloquecen hoy buscando soluciones entre la depresión, la inflación, la falta de mercados y el desempleo; somos y debemos ser socialistas.




Fidel Castro Ruz

Octubre 4 de 2008

7 y 35 p.m.




Cuba no se merece estar en la lista negra.


Afirma columnista del Washington Post.


Bajo las nuevas reglas provocadas por el fallido ataque terrorista del Día de Navidad, pasajeros de líneas aéreas que llegan a los Estados Unidos procedentes de 14 países serán sometidos a un examen adicional: Afganistán, Argelia, Cuba, Irán, Iraq, Líbano, Libia, Nigeria, Pakistán, Arabia Saudita, Somalia, Sudán, Siria y Yemen. Para esta primera prueba de la nueva década, ¿cuál país no encaja con los demás?

La respuesta obvia es Cuba, que representa una amenaza de terrorismo igual a cero. Cuba no es un Estado fracasado, donde se encuentran franjas de territorio fuera del control del gobierno, sino que es una de las sociedades más duramente bloqueadas del mundo, un lugar donde la idea de que un ciudadano pueda conseguir y llevar en sus manos explosivos plásticos, armas o aditamentos terroristas de cualquier tipo, es simplemente ridícula.

No hay historia de un Islam radical en Cuba. De hecho, apenas hay historia del Islam en absoluto… La isla está entre los últimos lugares en la Tierra donde Al Qaida trataría de establecer una célula, y mucho menos planificar y lanzar un ataque terrorista. Sin embargo, Cuba está en la lista porque el Departamento de Estado aún considera que es -junto con Irán, Siria y Sudán- un estado patrocinador del terrorismo.

¿Es esto serio? ¿No pesa que la Sección de Intereses de EEUU en La Habana es uno de los pocos puestos diplomáticos norteamericanos en el mundo abierto a la actividad normal, sin el aumento aparente de medidas de seguridad desde los días de los ataques terroristas del 11 de septiembre 2001?

La administración de Obama ha protagonizado movidas admirables para alinear la política exterior de EEUU hacia una mejor correspondencia con la realidad objetiva. Pero el movimiento hacia Cuba ha sido provisional y vacilante, en el mejor de los casos.

El mes pasado, el corresponsal del New York Times Tim Golden asistió a una conversación a la hora del almuerzo - y a un miniconcierto- en Washington, con Carlos Varela, un cantautor que a menudo se le ha llamado el Bob Dylan de Cuba. El evento, patrocinado por la New America Foundation’s U.S.-Cuba Policy Initiative y el Center for Democracy in the Americas, fue notable por un hecho que podría ser el preámbulo para muchos cubanos: el viaje anterior de Varela a Estados Unidos fue en 1998. Quería venir de nuevo en el 2004, pero el gobierno de EE.UU. le negó la visa.

La administración de George W. Bush adoptó una política de línea dura que negaba visados a la mayoría de los artistas cubanos, entre ellos algunos que estaban tratando de venir porque habían sido nominados para los Premios Grammy. El hecho de que Varela obtuvo una visa ahora parecía indicar un deshielo parcial, pero aún no ha sido un retorno completo al estatus quo pre-Bush, cuando la cuestión que preocupaba era si los músicos cubanos podían venir con permiso del gobierno de Fidel Castro, no si el gobierno de los EE.UU. los dejaba entrar

En mayo, la administración de Obama le negó la visa al mundialmente famoso cantautor cubano Silvio Rodríguez, quien había sido invitado a un concierto en Nueva York para el 90 cumpleaños del legendario Pete Seeger. Supongo que es posible establecer una distinción: Rodríguez es conocido como un verdadero creyente en el sistema comunista que Fidel Castro ha instalado, mientras que Varela, sin criticar explícitamente el gobierno, utiliza matices y metáforas para expresar la impaciencia de la juventud cubana . ¿Pero desde cuándo Estados Unidos tiene miedo a la exposición de la ideología de la competencia?

La administración de Obama ha avanzado lentamente en la dirección correcta. En abril pasado, el Presidente levantó las restricciones sobre la frecuencia con que los cubanos estadounidenses pueden visitar a sus familiares en la isla y la cantidad de dinero que pueden enviar a los miembros de su familia. Básicamente inalteradas, sin embargo, están los principales pilares de una lastre de medio siglo de la política hacia Cuba: la prohibición que mantiene para casi todos los demás estadounidenses, que no pueden viajar a Cuba, y el embargo comercial que prohíbe a las compañías de EE.UU. realizar negocios allí.

Por supuesto, el Presidente ya tiene bastante en su plato. Él puede estar reacio a introducir otra variable. No es difícil imaginar que un senador o un grupo de miembros de la Cámara celebrarán, por ejemplo, mantener como rehén la reforma de Salud si se produce un cambio de la política hacia Cuba.

Pero es difícil para mí creer que Obama no ve cuán loca es en realidad nuestra política actual. Tiene que cambiar y puede empezar por dejar de pretender que busca terroristas de Al Qaeda en vuelos procedentes de Cuba, lo cual no es otra cosa que una gran pérdida de tiempo.



Sin bloqueo, un millón de turistas norteamericanos llegarían a Cuba.





Empresarios norteamericanos expresaron en Cancún, que sin el bloqueo económico y comercial que mantiene Washington contra Cuba, en un primer año podrían visitar la isla más de un millón de turistas estadounidenses.

De acuerdo con turoperadores de EE.UU que asistieron a un encuentro entre representantes de la industria del ocio de ambos países, en esa primera etapa el flujo de viajeros podría alcanzar 850 mil, que se hospedarían en hoteles, y otro medio millón que visitaría a Cuba en cruceros.

Luisa Simón, presidenta de la Asociación Nacional estadounidense de Viajes (NTA, por sus siglas en inglés), declaró que es prioritario promover primero que se levanten las restricciones, para tener a Cuba como un nuevo destino turístico y fuente de ingresos.

Otro asistente al intercambio binacional, Bob Whitley, titular de la Asociación de Touroperadores estadounidenses (USTOA, también por sus siglas en inglés), expresó que su organización planteó al Congreso en Washington la necesidad de garantizar la libertad de viajar de los ciudadanos norteamericanos.

El titular de USTOA agregó que la política exterior de su país debe garantizar a sus ciudadanos la libertad de ir a cualquier país, fomentar el turismo y reducir los obstáculos en los viajes internacionales de sus compatriotas.

De acuerdo con informaciones brindadas en Cancún por integrantes del grupo de unos 50 promotores turísticos de EE.UU que asistieron al foro de tres días, 67 por ciento de los ciudadanos norteamericanos quieren viajar libremente a Cuba.

Añadieron que actualmente lo hacen alrededor de 50 mil de origen estadounidense desde terceros países y 300 mil cubanos residentes en Estados Unidos.

En una teleconferencia a propósito del encuentro del hotel Gran Melia Cancún, el senador norteamericano Byron Dorgan, uno de los principales promotores de levantar las restricciones para viajar a Cuba, afirmó que seguirá impulsando su propuesta ante el Congreso.

Añadió el legislador que quisiera que los turistas de su país pudieran viajar a Cuba de manera legal, como lo hacen a otros países con sistemas políticos como el de La Habana.

Creo que es una política injusta restringir el derecho de los norteamericanos a viajar a Cuba y hacer negocio, puntualizó Dorgan.

En este encuentro de este balneario del caribeño estado de Quintana Roo participaron por la parte cubana una veintena de funcionarios de cadenas turísticas de la isla, encabezados por el ministro del ramo, Manuel Marrero.

En sus palabras ante los participantes en el encuentro, el ministro cubano dijo que con una infraestructura de 50 mil habitaciones disponibles, su país se alista para una eventual apertura del mercado estadounidense.