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lunes, 30 de agosto de 2010

“La victoria estratégica”: El enemigo llega a las Vegas (Capítulo 6).




El 10 de junio, el mismo día que se produjo el desembarco del Batallón 18 en la costa sur, tomé una serie de decisiones para cambiar el dispositivo de defensa rebelde en la dirección de las Vegas de Jibacoa, que comenzaba a perfilarse como el siguiente objetivo enemigo en el sector noroccidental.

El personal al mando de Horacio Rodríguez recibió la orden de concentrarse en dos grupos: uno de ellos debía cubrir el camino de La Herradura que subía por el río -donde Cuevas había sostenido la imprecisa escaramuza del día 9-, y el otro, más numeroso, tendría la misión de impedir el avance de los guardias por el camino de camiones que subía desde Las Mercedes hacia las Vegas, atravesando Los Isleños y El Mango. Como apoyo de este segundo grupo, en su retaguardia, en la zona de Los Isleños, ocuparía posiciones la docena de hombres que componían la escuadra de Orlando Lara, que el 3 de junio habían llegado a las Vegas desde el llano, y se mantenían hasta ese momento en condición de reserva.

Cuevas, por su parte, en vista de la amenaza planteada en el sector meridional por el desembarco enemigo, recibió la orden de trasladarse al día siguiente a Mompié, lugar donde yo estaba en ese momento. Mi intención, como vimos en el capítulo anterior, era darle la misión de reforzar las líneas rebeldes en la costa, en vista de la nueva y peligrosa amenaza planteada por el desembarco enemigo.

En cuanto a las otras partes de este sector, el personal de Raúl Castro Mercader y Angelito Verdecia permanecía en sus posiciones sobre el camino hacia San Lorenzo, y el Che se mantenía desde Minas de Frío al tanto de la situación en la zona más occidental del frente, que estaba defendida por los grupos rebeldes pertenecientes a la Columna 7 de Crescencio Pérez. Durante las últimas semanas no se había detenido el trabajo de preparación de trincheras y otras defensas en todo el sector, misión que le había sido encomendada a Huber Matos y Arturo Aguilera.

Durante la mañana del 11 de junio, los guardias de Las Mercedes intentaron mejorar sus posiciones ocupando el alto de Las Caobas, elevación que domina el camino de carros que sale del caserío hacia las Vegas, y avanzando nuevamente por el camino de la herradura del río. Esta vez, sin embargo, Cuevas, quien aún se mantenía en esa posición pues no había recibido todavía la orden de trasladarse hacia Mompié, había tenido tiempo de preparar bien su posición. Tuvo lugar un intenso combate que se prolongó bajo un aguacero torrencial desde las 8:00 de la mañana hasta pasada la 1:00 de la tarde. El enemigo fue rechazado y sufrió un número indeterminado aunque considerable de bajas. En el parte de Radio Rebelde sobre esta acción, a la que se denominó Combate del Potrero de Jibacoa, se mencionaba el dato de que nuestras reducidas pero aguerridas fuerzas habían gastado solamente 350 balas; no obstante, ordené al día siguiente a Horacio que registrara con parte de su personal el lugar donde había ocurrido el combate para tratar de recuperar el parque gastado, con lo que hubieran podido dejar botado los guardias en su retirada.

Parece que el efecto del golpe recibido en este combate inmovilizó al enemigo acampado en Las Mercedes, pues durante los días siguientes no hicieron ningún nuevo intento, ni siquiera de tanteo o exploración. Sin embargo, la situación operativa en el sector se modificó radicalmente con la llegada, entre el 13 y el 14 de junio, de una fuerte tropa enemiga a la zona de Arroyón. Las primeras noticias al respecto las recibí el día 14, como siempre, por la vía de Horacio Rodríguez, quien mantenía abierto un constante y eficiente canal de información conmigo a través de partes escritos que me enviaba varias veces al día con mensajeros rebeldes. Se trataba, según supimos después, de una nueva unidad completa de combate, el Batallón 19, al mando del comandante Antonio Suárez Fowler, compuesto por tres compañías de infantería -las números 91, 92 y 93- y una escuadra de morteros, en total cerca de 400 hombres.

La llegada de esta unidad a Arroyón terminó definitivamente de confirmarme que el siguiente paso del enemigo en este sector sería el avance en dirección a las Vegas de Jibacoa, con la intención de ocupar este estratégico lugar. En un mapa puede comprobarse con relativa facilidad que la única dirección razonablemente factible de una tropa enemiga estacionada en Arroyón, e interesada en penetrar al interior del territorio rebelde en la montaña, es la de las Vegas de Jibacoa.

Cualquier otra dirección supone el intento de trasponer el imponente macizo de la loma de La Llorosa, que cierra de manera terminante el panorama hacia el sureste; o bien rodear esa montaña hacia el Este para entrar en Providencia, lo cual carecería completamente de sentido.

De ahí que al recibir las informaciones de Horacio el día 14, llegué a la conclusión de que el arribo de la fuerza enemiga a Arroyón significaba que la ofensiva en dirección a las Vegas era inminente, y que se produciría probablemente sin solución de continuidad. No sabía en ese momento que el Batallón 19 estaba tomando Arroyón como base avanzada, y que su siguiente paso demoraría aún varios días, en espera de la fecha establecida en la planificación enemiga como “Día-D”, es decir, como el día en que sería lanzada la segunda fase de la ofensiva desde las tres direcciones principales de ataque. Ese día resultó ser el jueves 19 de junio, cinco días después.

Sobre la base de esta apreciación, alerté esa noche de la inminencia del combate a los dos capitanes que tenían la responsabilidad de impedir el avance enemigo en esa dirección. A Lara, en particular, le ordené que avanzara desde sus posiciones en la retaguardia de las líneas rebeldes y se trasladara a las posiciones de Horacio. En ese mismo mensaje le incluía un conjunto de recomendaciones de carácter táctico, teniendo en cuenta que toda la experiencia combativa de Lara había sido en los llanos del Cauto, donde surgió como guerrillero, y podía no estar impuesto de algunas de las particularidades de nuestra lucha en la montaña:

Si [los guardias] siguen avanzando déjenlos acercar bien, explótenles la mina primero para que los sorprendan menos protegidos y abran fuego luego.

Es posible que primero la aviación recorra el camino disparando. Protéjanse bien en las trincheras sin dar señales de vida para poder sorprender a la tropa. No hagan fuego aunque ellos vengan disparando por el camino, hasta que no estén a tiro seguro. No dejes de usar tú un Garand.

También en ese mensaje le anunciaba a Lara mi apreciación acerca de la situación creada en el sector: “Es muy posible que mañana se muevan hacia acá, ya no pueden hacer otra cosa”. Y concluía con las únicas palabras de estímulo posibles en esas circunstancias tan complejas: ”Buena suerte a todos”. No obstante, partiendo una vez más del principio de prever todas las variantes posibles de acción del enemigo, ese mismo día dispuse el envío de una pequeña escuadra de ocho hombres al camino que subía por La Llorosa, en el punto conocido en la zona como la loma de El Espejo. Esta escuadra estaba compuesta por cuatro combatientes del pelotón de Eddy Suñol, posicionado a la entrada de Providencia, dos de Lara y otros dos enviados de la escuela de reclutas.

Al día siguiente, domingo 15 de junio -era el Día de los Padres- parecieron confirmarse mis predicciones, pues el enemigo avanzó desde Arroyón por el camino de las Vegas. La gente de Horacio intercambió algunos tiros y los guardias se retiraron nuevamente. Una vez más la actuación de nuestros combatientes me dejó insatisfecho, por lo que disparé otro fuerte regaño a Horacio:

Quiero que me expliques por qué no dejaron acercar a los soldados; en qué fundamentas la necesidad de haberles abierto fuego a distancia tal que no se pudo apreciar siquiera una baja, descubriendo la posición y exponiéndola al bombardeo, sin el menor chance de sorprenderlos la próxima vez. Necesito saber qué razones tuviste para ello, pues a mi entender no era la táctica correcta, ni se ajustaba a las instrucciones que mandé con Lara.

No me han dicho cuántas balas gastaron, como si fuera un dato que no interesara para nada; ni tampoco me han dicho, a pesar de habértelo preguntado expresamente por escrito, si registraron o no el campo donde pelearon los soldados con Cuevas, y si encontraron o no balas.

Hay cosas que no se explica uno bien en la actuación de ustedes. Nunca matan un [...] soldado, ni cogen un fusil, tiran cuando no tienen que tirar y no tiran cuando tienen que tirar [...]; gastan balas y descubren las posiciones. Esa no es forma de hacer la guerra. ¿Para qué quieren las minas? Ahora los están bombardeando otra vez, es la consecuencia de lo de ayer; un riesgo que no compensa los resultados de una escaramuza.

Vamos a ver si hacen algo bueno.


En realidad, de lo que se había tratado era de una finta realizada por la Compañía 93, por orden del jefe del Batallón 19, con el propósito de comprobar si encontrarían resistencia llegado el momento de la maniobra real. Ese día 15 y el siguiente, la aviación estuvo particularmente activa sobre las posiciones rebeldes, desatando los bombardeos y ametrallamientos más intensos y prolongados que habíamos presenciado hasta ese momento en toda la guerra. Era señal inequívoca, no solo de que las posiciones rebeldes habían sido localizadas, sino también, de que el intento de avance hacia las Vegas estaba muy próximo. En vista de la pobre actuación de Horacio tomé la decisión, el mismo día de la exploración enemiga, de colocar a Lara en una posición más avanzada; de suerte, que fuera con él con quien chocaran los guardias en su avance desde Arroyón. Cumpliendo mi orden, Lara comenzó de inmediato a fabricar trincheras en la falda de La Llorosa, frente al camino de Arroyón, con lo cual se colocó, de hecho, delante y a la derecha de las posiciones de Horacio.

El 17 de junio la tropa enemiga acampada en Arroyón realizó una nueva exploración en profundidad y chocó de inmediato con el personal de Lara. A los pocos minutos del comienzo de la acción, el impacto directo de un proyectil de bazuca en la trinchera donde combatía Orlando Lara hirió gravemente al capitán rebelde. Al principio se pensó que había sido un mortero caído exactamente dentro de la trinchera, pero de haber sido así no hubiesen quedado rastros de Lara ni de sus compañeros. Trasladado a toda carrera hacia las Vegas, recibió los primeros auxilios en ese lugar, y luego fue enviado a La Habanita.

Tras la herida y la retirada de Lara le correspondió a Horacio hacerse cargo de la situación. En el parte que me envió horas después explicó que se gastaron pocos tiros -un promedio de ocho o 10 por combatiente-, que se le hicieron no menos de cuatro bajas a los guardias, y que estos se retiraron. Además, agregó:

...] no se pudieron dejar que se acercaran mucho, estaban emplazando la 30 y dos morteros, hubo que tirarles a una distancia como de 200 metros, los morteros caían en la posición nuestra. Desde un principio hubo que retirarse pronto del lugar; tenían la posición completamente localizada.

Horacio había dispuesto la retirada de la línea rebelde unos 300 metros, con lo cual la nueva posición venía a quedar, aproximadamente, 600 metros más atrás del entronque del camino de Arroyón con el que venía de Las Mercedes. Respondí a su información diciéndole que esta vez no tenía nada que objetar a su actuación, teniendo en cuenta sus explicaciones, y le advertí nuevamente:

Fortifica bien la línea que tienes ahora. Los soldados se van a creer que estás donde mismo estabas ayer. Procura no descubrir tu posición hasta que no sea indispensable.

Lo que más me satisface de todo es que estés controlando con tanto cuidado el gasto de balas.

Estoy seguro de que luchando con inteligencia no podrán tomar nunca las Vegas. Necesitamos resistir el tiempo necesario para recibir refuerzos de armas y cogerlos cansados aquí dentro.


El Che, sin embargo, consideró innecesaria la retirada de Horacio. La inoportuna herida de Lara nos privaba de su presencia en este delicado sector en el momento crucial que se avecinaba, por lo que la situación no dejaba de ser preocupante.

Al día siguiente todos esperábamos el inicio del verdadero intento de penetración enemiga en dirección a las Vegas, sin embargo, la jornada fue de relativa calma en el sector. En Arroyón, la fuerza acantonada seguía recibiendo refuerzos, entre ellos, una escuadra de tanquetas, camiones y buldóceres. Era evidente que el enemigo contaba con informaciones bastante precisas acerca de los preparativos rebeldes a lo largo del camino de las Vegas, incluidas las zanjas abiertas para tratar de impedir el paso de los equipos motorizados.

El alto mando enemigo había fijado inicialmente la fecha del 18 de junio como el día del comienzo, en todos los frentes, de la segunda fase de la ofensiva. Pero la llegada del Batallón 11 del teniente coronel Sánchez Mosquera a su punto avanzado en El Cacao se había dilatado más de lo previsto y, como veremos en el capítulo siguiente, no fue hasta ese propio día cuando alcanzó aquel lugar, desde donde podría lanzarse al asalto de Santo Domingo, sin duda, el corazón rebelde en la vertiente norte de la Maestra.

El día 18, por tanto, todo estaba finalmente dispuesto desde el punto de vista del enemigo. Además de la posición favorable de la fuerza llegada ese día a El Cacao por el sector meridional, el batallón -desembarcado días antes- había recibido la orden de comenzar a moverse ese mismo día hacia el interior de la montaña, hasta situarse en un punto avanzado, desde el que podría también lanzarse al asalto del reducto rebelde. En el sector noroccidental, dos batallones completos y reforzados -el 17 en Las Mercedes y el 19 en Arroyón- estaban igualmente en condiciones de intentar el ataque.

A la luz de lo que ocurrió en los días siguientes en este sector, es bueno detenerse para recapitular la situación operativa. Lo primero que hay que tener en cuenta es que, en este momento decisivo de la ofensiva enemiga, con serias amenazas planteadas en no menos de tres direcciones distintas y peligros de menor cuantía en otros sectores del vasto frente que debíamos defender a toda costa, contábamos para ello en la dirección central y noroccidental con poco más de 200 hombres debidamente armados.

Una de mis ocupaciones más constantes, durante todos estos días previos al comienzo de la segunda fase de la ofensiva enemiga, fue ir moviendo los puñados de combatientes de que disponíamos a las distintas posiciones que en mayor medida lo iban requiriendo, de acuerdo con la urgencia y la gravedad del peligro concreto planteado en cada caso.

En lo que respecta específicamente al sector de las Vegas, después del desembarco enemigo en el Sur, no me había quedado más remedio que mover para esa zona a la combativa escuadra de Andrés Cuevas porque, sin duda, la posibilidad de penetración enemiga en nuestro territorio desde esa dirección significaba una amenaza mucho más inmediata y peligrosa. De las escasas fuerzas que defendían en el flanco nororiental el acceso al firme de la Maestra en la zona de La Plata, no tenía tampoco de donde extraer personal de refuerzo si, por el contrario, lo que urgía era fortalecer la defensa en esa dirección. Camilo, todavía en camino desde los llanos del Cauto, estaba destinado a esa zona, precisamente por la excepcional significación que tenía el hecho de mantenerla a toda costa.

Por otra parte, a pesar de mi impresión cada vez más clara de que en el sector noroccidental el enemigo concentraría su golpe principal en la dirección de las Vegas de Jibacoa, no podía de ninguna manera desconocerse la presencia del Batallón 17 en Las Mercedes, con la posibilidad bien concreta de que pudiera intentar un asalto simultáneo en dirección a San Lorenzo. Por tanto, era impensable debilitar nuestras líneas defensivas en esa dirección. Como se recordará, el camino de San Lorenzo estaba defendido a partir de la loma de El Gurugú por las escuadras de Raúl Castro Mercader y Angelito Verdecia. Otros pequeños grupos habían sido colocados en la zona de Gabiro y en el camino de Purgatorio. Unas cuantas decenas de hombres debían mantener estas posiciones en caso de ataque enemigo en dirección a San Lorenzo, o incluso, Minas de Frío. No era razonable mover personal de esta zona para reforzar las líneas de Horacio en la dirección de las Vegas, por muy necesitadas que estuviesen -como realmente lo estaban- de una inyección adicional. En cuanto a los grupos de combatientes de la columna de Crescencio Pérez, la 7, que estaban distribuidos en un buen número de posiciones a lo largo de la porción más occidental del frente, había que tomar en consideración varios factores: Crescencio era un viejo luchador campesino, parte de su columna la integraban vecinos de la zona muy conocedores de la misma, poseían pocos hombres con armas de guerra, los cuales siempre incluyo entre los mejores armados de que disponíamos para luchar contra la ofensiva, algunos muy buenos, como su hijo Ignacio, que murió más tarde en Jiguaní, casi al final de la guerra.

En el frente occidental, por otro lado, estaban estacionadas unidades enemigas importantes -los Batallones 12, 13 y 16- que muy bien pudieran participar en la operación múltiple que obviamente se avecinaba, e intentar alcanzar el firme de la Maestra por la zona de La Habanita; y, por último, no era posible debilitar sus posiciones para reforzar las de Horacio, quien, por tanto, tendría que defender el acceso a las Vegas con los hombres de que disponía en ese momento.

La clave estaba en que la resistencia se hiciera con tenacidad e inteligencia, en un terreno, hasta cierto punto, favorable al enemigo, en la medida en que le permitía avanzar de manera desplegada y emplear medios mecanizados e, incluso, artillería de campaña, al menos en los primeros momentos de su avance.

Los puntos fundamentales a defender estaban un poco más al Este, hacia donde se dirigía, según mi criterio, el golpe principal del enemigo, y, de ser preciso, concentrar allí el grueso de sus fuerzas.

En la mañana del jueves 19 de junio, en movimiento coordinado con el avance del Batallón 11 de Sánchez Mosquera hacia Santo Domingo en el sector nororiental, y la penetración del Batallón 18 de Quevedo en dirección a La Caridad en el sector sur, los Batallones 17 y 19 emprendieron la ofensiva en dirección a las Vegas de Jibacoa, en el flanco izquierdo de nuestra línea, cada uno desde sus respectivas bases en Las Mercedes y Arroyón. En total participaron en la operación hacia las Vegas más de 500 soldados enemigos, apoyados por varios T-37, por la aviación y dos baterías de morteros.

Los guardias alcanzaron con relativa facilidad el punto en que se encuentran los dos caminos, a partir del cual unieron sus fuerzas y comenzaron a avanzar en un frente, relativamente abierto, de unos 500 metros en total, a los dos lados del camino hacia las Vegas. El bombardeo de los morteros sobre las posiciones rebeldes era incesante.

Después de tirotear al enemigo durante algunos minutos, los hombres de Horacio recibieron la orden de retirada y se replegaron hacia lo que hubiera debido ser una segunda línea defensiva detrás de Los Isleños y al comienzo de la loma de El Mango. En este lugar las condiciones para sostener el empuje enemigo eran mucho más favorables, ya que el terreno se estrechaba entre la empinada falda de la loma de La Llorosa y el barranco del río Jibacoa, a la izquierda de las posiciones rebeldes. Los guardias se veían obligados a cerrar su frente de avance y circunscribirlo prácticamente a unos pocos metros a ambos lados del camino, lo cual facilitaba la resistencia rebelde. No cabe duda de que en este lugar había posibilidades de sostener la línea, al menos unas cuantas horas, y causar bajas al enemigo. Con una preparación adecuada del terreno y la colocación de minas en el camino para contener el avance de los tanques T-37, nuestros combatientes habrían podido cambiar, en cierta medida, el curso de los acontecimientos ese día, si hubiesen estado dispuestos a hacer una verdadera resistencia.

Sin embargo, esta segunda posición fue sostenida por el personal rebelde muy poco tiempo. La retirada ordenada por Horacio se prolongó, de hecho, casi sin solución de continuidad, hasta más allá de la loma de El Mango. Ya en el parte que recibí desde la línea de combate, poco después del mediodía, Horacio me informaba de lo ocurrido y de su retirada.

Por un mensaje que me envió el Che a las 2:10 de la tarde confirmé que en su repliegue, Horacio había dejado libre toda la zona de El Mango y se había colocado del otro lado del río, en la subida de la loma de El Desayuno. Esto significaba que el enemigo podía trasponer, sin impedimento alguno, precisamente la zona donde la resistencia hubiese sido más efectiva.

En ese mismo mensaje del mediodía del jueves 19, el Che me informó de algunas disposiciones adoptadas en el sector, en vista del repliegue de la línea rebelde hasta la loma de El Desayuno, entre ellas, la ocupación de los firmes alrededor de las Vegas con algunos combatientes de la escuela de Minas de Frío. Esa noche me comunicó que había bajado a la casa de José Isaac, colaborador campesino que vivía en Purgatorio, a mitad de camino entre las Vegas y Minas de Frío, y me preguntó qué debía hacer en caso de que las Vegas cayera al día siguiente en manos del enemigo, lo cual, a su juicio, era lo más probable. El Che había concebido el plan, un tanto riesgoso en las condiciones existentes, de hostigar a los guardias desde la retaguardia con parte del personal rebelde que cubría la dirección de San Lorenzo y con algunos hombres disponibles que tenía Crescencio en La Habanita.

Después de conocer lo ocurrido durante la jornada, yo también había llegado a la conclusión de que la caída de las Vegas era inevitable. En otras circunstancias, la decisión que cabía tomar era reforzar esa misma noche las nuevas posiciones rebeldes en la loma de El Desayuno y preparar rápido una línea de defensa lo suficientemente sólida como para contener al día siguiente la continuación del avance enemigo en dirección a las Vegas. No sería la primera ni la última vez durante la guerra que una situación difícil fuera revertida en una noche. Pero teniendo en cuenta lo que estaba sucediendo ese mismo día en los otros dos frentes de combate, era absolutamente imposible destinar hombres de otros sectores para tratar de reforzar la línea rebelde en el acceso a las Vegas.

Por tanto, nuestra respuesta a la situación creada en la noche del 19 en este sector debía adecuarse a la premisa de que al día siguiente el enemigo ocuparía las Vegas de Jibacoa. Aceptado este hecho, lo primero que debía garantizarse era que los guardias no pudieran dar un paso más. Las Vegas de Jibacoa, en definitiva, se prestaba para lograr allí la contención del enemigo. El lugar era uno de esos valles serranos a lo largo de un río, en este caso el Jibacoa, rodeado por todas partes de alturas y firmes que, si lograban ser ocupados por nuestras fuerzas, podían convertirse en una verdadera ratonera para los guardias. De ahí que la primera medida tomada por el Che era plenamente acertada.

En última instancia, lo ocurrido ese día en Santo Domingo y en el camino de las Vegas, y lo que parecía estar ocurriendo al Sur, figuraba dentro de nuestros cálculos como una de las variantes, a saber, la penetración del enemigo en el corazón del territorio rebelde y la consecuente concentración de nuestras fuerzas en anillos defensivos cada vez más estrechos, con la intención de proteger hasta el final la zona de La Plata y sus objetivos cruciales: la emisora, el hospital y las instalaciones logísticas creadas en ese lugar. Y si al final no fuésemos capaces de defenderla, dispersar nuestras fuerzas en grupos más pequeños, en condiciones de comenzar de nuevo la guerra de movimientos de los primeros tiempos.

En línea con esa estrategia decidí esa noche orientar al Che que moviera el personal de la columna de Crescencio hacia el firme de la Maestra, más acá de La Habanita, incluidos los grupos estacionados en El Macho y El Macío, al oeste del sector central de la ofensiva enemiga por el Sur, con el propósito de irlos reagrupando para crear líneas de defensa más cohesionadas.

En el caso específico de que las Vegas fuese ocupada por el enemigo al día siguiente, el personal encargado de la defensa de su acceso debía ser distribuido por todos los puntos que permitieran contener el ulterior avance de esa tropa en dirección al firme de la Maestra a la altura de Mompié, en particular a la zona conocida como Minas del Infierno, la vía natural de acceso a Mompié desde las Vegas.

En el mensaje que le envié con estas instrucciones, le insistía una vez más al Che en la concepción básica del plan:

Mientras quede una esperanza de mantener el territorio de la Plata, no debemos variar la estrategia.

El problema esencial es que no tenemos hombres suficientes para defender una zona tan amplia. Debemos intentar la defensa reconcentrándonos antes de lanzarnos de nuevo a la acción irregular.


Al amanecer del viernes 20 de junio, los guardias, en efecto, reemprendieron el avance en dirección a las Vegas. Después de una débil y breve resistencia, los combatientes rebeldes comenzaron a retirarse de la loma de El Desayuno. Al mediodía ya habían rebasado en su retirada las últimas casas de las Vegas y se habían detenido en la subida hacia Minas del Infierno. De esa manera dejaron el camino expedito para el enemigo, cuya vanguardia entró en las Vegas en las primeras horas de la tarde casi sin disparar un tiro.

Era más que elocuente el tono del mensaje que recibí del Che esa tarde:

Hoy, como pocas veces en el transcurso de esta revolución, he recibido un golpe tan desesperante como este.

Después de hacer esfuerzos por cubrirle a Horacio el flanco izquierdo con dos fusiles, 4 granadas, mi presencia personal (y Miguel), para cubrir toda la loma que estaba a la izquierda de Horacio. Tranquilizado porque no dispararon ni un tiro en la tarde y haciendo planes para rescatar hasta bombas, que, según versiones quedaron enterradas, cuando consigo articular una línea de defensa y me dispongo a bajar a las Vegas, me alcanza una nota de Sorí que me anuncia que ya no hay ser viviente en este lugar y que Horacio se retiraba hacia Antonio el gallego [Antonio Morcate, vecino de Minas del Infierno] con su gente.



El Che concluía su mensaje con este toque de ironía, tan característico en él:

Debo decirte que en estos dos días no se han disparado tiros. Tu orden de ahorrar tiros se ha cumplido al máximo.

La información que yo había ido recibiendo de las Vegas justificaba plenamente esta evaluación del Che. Antes de recibir su mensaje en La Plata, donde permanecí esos dos días al tanto de los acontecimientos que se desarrollaban simultáneamente en los tres sectores de la batalla, le había mandado una notica a Celia, quien se mantenía en Mompié actuando como enlace, en la que, después de decirle que las noticias de las

Vegas eran vergonzosas y decepcionantes, le indicaba lo siguiente:

Comunícale al Che, orden mía, investigar lo ocurrido, desarmar a todo el que haya incurrido en un acto de cobardía y enviar muchachos de la escuela a ocupar esos fusiles.

Enviarme detenido al responsable de la pérdida del detonador, cable y bomba y cualquier otra atrocidad por el estilo, y comunicarle a Horacio la orden de resistir metro a metro el terreno que quede de las Vegas con los hombres que tenga.


A esa hora todavía yo ignoraba que ya no era posible hacer resistencia alguna porque las Vegas había sido virtualmente abandonada al enemigo, aunque estaba ya convencido de que los guardias lograrían su objetivo. Por eso le pedí a Celia en ese mismo mensaje que ordenara a Aguilerita comenzar a fortificar con buenas trincheras Minas del Infierno y el camino que subía por ellas hacia el firme de la Maestra, que, como ya dije, era la ruta más probable del enemigo en caso de que decidiera proseguir su penetración.

En el mismo amargo mensaje que el Che me había enviado en la tarde de ese día, al comprobar el virtual abandono por parte de nuestras fuerzas de las Vegas de Jibacoa, me pedía instrucciones precisas sobre qué hacer en los casos de la escuela de Minas de Frío, las posiciones de Raúl Castro Mercader y Angelito Verdecia en el camino de San Lorenzo; las de Alfonso Zayas en la zona de El Jíbaro y las del personal de Crescencio Pérez. Y agregaba, con acertada valoración de la situación de conjunto en el sector:

Hay que considerar ahora la cantidad de caminos a defender. Yo no tengo armas para hacerlo si alguna de esa gente no me ayuda. Sacaré nuevamente de los claustros las escopetas y veremos. [...] Yo permaneceré en casa de José Isaac hasta recibir contestación y órdenes explícitas, y si a las 5 de la mañana [del día 21] no las he recibido, hago lo que crea conveniente, según las circunstancias.

Tras recibir el mensaje del Che, le pedí inicialmente por teléfono a Celia que, en respuesta a su petición de instrucciones, le comunicara las siguientes decisiones: primero, trasladar al personal de Raúl Castro Mercader y de Angelito Verdecia hacia Minas del Infierno y la subida de Mompié para que se hicieran cargo de la defensa de ese acceso; segundo, subordinar a ellos el personal de Horacio y el que era de Lara; tercero, cubrir con personal de la Columna 7 las posiciones que estaban ocupando aquellos dos capitanes en el camino de San Lorenzo; cuarto, informarle que yo bajaría a la nueva línea defensiva para redistribuir las armas de la gente de Horacio y de Lara entre un refuerzo de 10 buenos reclutas de la escuela, que el Che debía enviar a ese lugar, más otros cinco hombres del pelotón de Jaime Vega que llevaría conmigo para allá. Vega se había incorporado pocos días antes a nosotros, con un grupo de combatientes de la provincia de Camagüey.

En definitiva, como ya expliqué antes, mi intención había sido siempre que el Che se hiciese cargo, si las circunstancias lo exigían, de la defensa del sector más occidental de nuestro frente. Así se lo hice saber expresamente esa misma noche en un segundo mensaje en que le indicaba que se ocupara de la defensa de la Maestra desde Purgatorio hasta Mompié, incluidas Minas de Frío. Debo decir que durante todas las semanas de preparación de la defensa de nuestro territorio, en previsión de la ofensiva enemiga, y durante el desarrollo de ella hasta ese momento, el Che había fungido, de hecho, como segundo jefe del frente. En los archivos se conservan decenas de mensajes intercambiados entre los dos en los que, por mi parte, no solo le daba indicaciones acerca de qué hacer en el sector a su cargo, sino también, lo mantenía informado de los acontecimientos en los otros sectores y él, por su parte, me informaba de las medidas que tomaba y del cumplimiento de mis instrucciones; además, me hacía proposiciones y me daba noticias sobre lo que ocurría.

La decisión tomada, en relación con el traslado hacia Minas del Infierno y Mompié de los grupos de Raúl Castro Mercader y Angelito Verdecia, tuvo que ser revisada casi de inmediato por la evolución de los acontecimientos a partir del 21 de junio.

Ese día, Horacio había pedido el envío de Luis Crespo para que lo auxiliara en el mando de su personal, ya que tenía una pierna en malas condiciones y no podía moverse. En mensaje a Celia trató de explicar lo ocurrido, argumentó que su actuación no se debió ni a cobardía ni a falta de decisión, y expresaba que había dado a sus hombres la orden de no retirarse hasta que en cada emboscada se le hicieran dos o tres bajas al enemigo. Esto último era indicio de que, a estas alturas, todavía Horacio no había entendido la esencia de nuestra conducta frente a la ofensiva lanzada por los guardias, que no era otra que resistir a toda costa.

Por eso, al día siguiente, le comuniqué a Horacio su sustitución por Crespo, al mando del personal de Minas del Infierno. Hasta ese momento, el capitán Luis Crespo había estado a cargo de la fábrica de minas que establecimos en El Naranjo, a poca distancia de Santo Domingo.

Esa instalación había tenido que ser desmantelada y evacuada en vista de la ocupación del lugar por el batallón de Sánchez Mosquera.

Es bueno aclarar que Horacio Rodríguez demostró después sus condiciones de combatiente y jefe guerrillero. Fue precisamente su arrojo la causa de su muerte en Manzanillo, al día siguiente del triunfo revolucionario, cuando se disponía a capturar a varios esbirros de la tiranía que hasta ese momento habían logrado evadir el arresto. Pero su actuación en las Vegas de Jibacoa fue realmente desafortunada.

Ese mismo día 22 de junio se retiraron de las Vegas de Jibacoa, de regreso a Las Mercedes, las fuerzas del Batallón 17 que habían participado en la captura de esta posición, metida de lleno en la montaña y dentro de nuestro territorio. Quedaron allí las tres compañías del Batallón 19, las cuales establecieron su campamento en la parte baja del valle y en las alturas más pequeñas y cercanas al río.

La relativamente fácil ocupación de las Vegas de Jibacoa fue un revés significativo para nuestros planes de contención y rechazo de la ofensiva enemiga. En primer orden, se trataba de un lugar que había sido una base importante de operaciones para nosotros. Allí había establecido yo, en varias ocasiones, la Comandancia. Desde ese sitio operó Celia durante muchas semanas en su activa y vital labor de aseguramiento general del esfuerzo guerrillero. Contábamos, además, con la colaboración unánime de todos los pobladores campesinos. Allí efectuamos, el mismo día del inicio de la ofensiva en la zona de Las Mercedes, la primera asamblea campesina en la Sierra Maestra. Las Vegas de Jibacoa era un lugar, hasta cierto punto, simbólico de nuestra lucha.

En segundo orden, no podía desconocerse la significación estratégica de esa posición por su ubicación al pie de la Maestra, en el centro mismo del sector noroccidental de la zona de operaciones de la Columna 1. La posibilidad de acceso a las Vegas de medios mecanizados por el camino de carros de Las Mercedes, permitía al enemigo mantener un apoyo logístico fácil a la tropa estacionada allí, que a su vez se encontraba, teóricamente, en condiciones de emprender acciones ofensivas ulteriores en varias direcciones a lo largo de los caminos que subían desde el valle hacia diversos puntos del firme de la Maestra, entre ellos, lugares tan vitales como Minas de Frío y Mompié.

Pero tal vez la significación mayor de la ocupación de las Vegas de Jibacoa fue su impacto moral en el mando y las tropas enemigas. La escasa resistencia encontrada en la defensa de un lugar tan estratégico, y el rápido logro del objetivo perseguido, sirvieron, junto con el éxito favorable en la operación de ocupar Santo Domingo, para contrarrestar en el enemigo el efecto del revés sufrido el propio día 20 por el Batallón 18 en el sector meridional, y para crear la ilusión de que la batalla contra el Ejército Rebelde podía ser ganada con relativa facilidad. Si bien -como los hechos posteriores demostraron- este factor creaba también una engañosa sensación de confianza que podía llevar al enemigo a cometer errores de apreciación o actuación, de consecuencias potencialmente peligrosas para sus propósitos; no era menos cierto que después de los resultados en Santo Domingo y las Vegas de Jibacoa la moral del enemigo experimentó un alza momentánea, lo cual podía traducirse en una mayor iniciativa y una conducta más agresiva de su parte.

Todos estos elementos tenían que tomarse en cuenta en nuestra valoración de la situación operativa general después del 20 de junio, y las medidas que debíamos adoptar. Con el enemigo en Santo Domingo, al pie del firme de la Maestra en La Plata, y subiendo por el río La Plata en dirección a ese lugar, la presencia de los guardias en las Vegas pasaba en realidad a un segundo plano de prioridad. La táctica a seguir en este caso era procurar que no dieran un paso más, es decir, contenerlos y, para lograrlo, utilizar las fuerzas estrictamente necesarias. Ya llegaría el momento de proceder en su contra como, en efecto, llegó.














Armas utilizadas por el Ejército de Batista contra el Ejército Rebelde.




Vendido a la dictadura de Batista por los Estados Unidos, en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Fue muy empleado en acciones antiguerrilleras durante la ofensiva de 1958.

Nacionalidad: Estados Unidos
Calibre: 81 mm
Longitud: 1,21 m
Peso ensamblado: 61,5 kg
Alimentación: Manual, por avancarga
Velocidad inicial de disparo: 213 m/seg
Alcance máximo: 3000m
Cadencia de fuego: 18 rondas/minuto (sostenida) y de 30 a 35 rondas/minuto (máximo)
Dotación: 4 soldados






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domingo, 22 de agosto de 2010

“La victoria estratégica”: La preparación de la defensa de nuestro territorio (Capítulo 2).




El fracaso de la huelga de abril estimuló a los mandos militares de la tiranía a acelerar los planes de la gran ofensiva que venían preparando contra el Ejército Rebelde y, en particular, contra el territorio del Primer Frente, desde la derrota de la campaña de invierno. Como ya se explicó, la ofensiva, cuidadosamente organizada durante varios meses, tenía el propósito de aniquilar al núcleo central de nuestras fuerzas. El enemigo se proponía penetrar hacia la zona de La Plata, desde tres direcciones convergentes, de otras tantas agrupaciones enemigas organizadas, preparadas y equipadas especialmente para esta campaña, y apoyadas por todos los medios disponibles. En total fueron lanzados contra la montaña 10 000 hombres, artillería, aviación, unidades navales, tanques y abundante apoyo logístico, en una operación considerada definitiva.





El factor determinante fue el fracaso de la huelga general revolucionaria, y la inevitable evaluación que realizarían los estrategas de la tiranía de que ese revés habría provocado nuestra desmoralización.

En los días inmediatamente posteriores al 9 de abril, el tema de la probable ofensiva comenzó a ser la preocupa- ción fundamental.

Era evidente la trascendencia que tenía la etapa que se avecinaba para el desarrollo ulterior de la lucha revolucionaria. Estábamos conscientes de que la nueva ofensiva enemiga sería la más fuerte, organizada y ambiciosa de todas, entre otras razones porque sería la última que el régimen de Batista estaría en condiciones de preparar. Para la tiranía se trataba de una batalla decisiva y, por tanto, cabía esperar que se empeñaría en ella con todos sus recursos.

A estas alturas de la guerra, el establecimiento de una serie de instalaciones sedentarias, de apoyo a la acción de nuestra guerrilla, posibilitó la aparición de un territorio base en el que comenzaba a funcionar una infraestructura importante para la actividad militar.

Había que aferrarse al terreno y discutir cada metro de acceso a los puntos donde se ubicaban las instalacio- nes fundamentales ya señaladas.

Por otra parte, el grado de maduración de nuestras fuerzas, evidenciado ya en febrero de 1958 en la operación de Pino del Agua, nos permitía comenzar a aplicar tácticas y movimientos combinados más complejos, a diferencia de los desarrollados durante todo el primer año de guerra, cuya característica principal era la acción típica de la guerrilla.





No teníamos otra alternativa que derrotar esa fuerza, que trataría de cumplir su misión de acuerdo con estrategias y tácticas clásicas. Ni ellos ni nosotros habíamos pasado por semejante experiencia. La diferencia de recursos era enor- me. Para semejante adversario, nuestros combatientes eran civiles armados que no podrían resistir jamás el ataque de unidades regulares. Si ocupaban el territorio no podrían sostenerlo, y nosotros lo recuperaríamos de nuevo; pero, ¿cuál sería el efecto de la ocupación de aquellos objetivos en el pueblo, ya golpeados por el fracaso de la huelga? Aunque todo se creara otra vez, ¿cuáles serían las consecuencias de todas las viviendas quemadas, de las ins- talaciones destruidas, de las plantaciones y del ganado perdidos, y de los campesinos desalojados?



A lo largo de las semanas anteriores al comienzo de la ofensiva, en la medida que meditábamos y sopesábamos todas las alternativas, se desarrolló el plan que en definitiva aplicamos, para lo cual nos basamos en el conocimiento íntimo adquirido del terreno y sus posibilidades. En esencia, el plan consistía en organizar una defensa escalonada de nuestro territorio base, que permitiera resistir metro a metro el avance enemigo, irlo frenando y desgastando hasta detenerlo, mientras concentrábamos nuestras fuerzas en espera del momento oportuno para lanzar el contraataque. Aun cuando el enemigo alcanzara sus objetivos, nuestras fuerzas mantendrían el acoso constante a sus tropas y líneas de abastecimiento, absolutamente seguros de que no podrían sostenerlas.

En mensaje de fecha 8 de mayo al capitán Ramón Paz le explicaba (documento p. 425):

Por todos los caminos les vamos a hacer resistencia, replegándonos paulatinamente hacia la Maestra, tratando de ocasionarle[s] el mayor nú-mero de bajas posibles.

Si el enemigo lograra invadir todo el territorio, cada pelotón debe convertirse en guerrilla y com- batir al enemigo, interceptándolo por todos los caminos, hasta hacerlo salir de nuevo. Este es un momento decisivo. Hay que combatir como nunca.*










Esta segunda variante significaría regresar, en lo fundamental, a la situación de los primeros meses de la guerra, pero con muchas más armas y experiencia. En cualquier caso, no teníamos la menor duda de que en breve tiempo recuperaríamos el territorio, pues no podrían con el terrible desgaste que les ocasionaríamos. Solo que con la segunda opción, la guerra se prolongaría más tiempo y sufriríamos momentáneamente la pérdida de esas instalaciones que nos proponíamos defender. La mayoría de ellas habían ido surgiendo desde los primeros meses de 1958 en los alrededores del firme de La Plata. Este era un lugar de óptimas condiciones por su ubicación en el corazón de la montaña, en una zona de acceso relativamente difícil, casi en el centro mismo del territorio rebelde del Primer Frente, poblada por pocas familias campesinas de probado espíritu de colaboración con nuestra lucha. Por estas mismas razones, el lugar había sido utilizado con mucha frecuencia por mí como Comandancia transitoria, sobre todo, en los modes- tos terrenos de los campesinos Julián Pérez, conocido por el sobrenombre del Santaclarero, y Osvaldo Medina.



Y fue por eso a La Plata hacia donde decidí trasladar en abril la emisora Radio Rebelde, en torno a la cual cuajó el surgimiento en los meses siguientes de la Comandancia General.

El 13 de abril partí de la zona de La Plata rumbo a la Comandancia del Che en La Mesa. La dura caminata, que hice a marcha forzada no sintiéndome del todo bien en aquellos días, era necesaria por varias razones. En primer lugar, me parecía imprescindible utilizar las posibilidades de la emisora Radio Rebelde, que funcionaba desde finales de febrero en esa zona, para comunicarme con el pueblo e infundirle aliento tras el revés de la huelga. Había que anunciar que nuestra lucha no solo proseguía, sino que se hacía cada vez más efectiva y organizada. Por otro lado, el periodista argentino Jorge Ricardo Masetti quería hacerme una entrevista. Yo, sobre todo, deseaba aprovechar la visita a La Mesa para conversar con el Che acerca de la nueva situación creada con el fracaso del 9 de abril y la ofensiva enemiga, que ya considerábamos segura.

El 16 de abril hablé por Radio Rebelde por primera vez. En mi alocución analicé las razones del fracaso de la huelga revolucionaria del 9 de abril, denuncié algunos de los crímenes más recientes de la tiranía, como el salvaje bombardeo al poblado de Cayo Espino y la muerte del niño Orestes Gutiérrez, y proclamé mi confianza absoluta en la victoria.

Ignoraba cuántas personas en Cuba escuchaban la recién creada Radio Rebelde, pero veía en ella un instru- mento esencial como vehículo de información y divulgación y, segundo, como medio de comunicación con el exterior. Le expliqué al Che la necesidad de disponer el traslado de la emisora, creada por él, a la zona de La Plata, más estratégica y con suficientes fuerzas para defenderla. Los abnegados y competentes técnicos de Radio Rebelde, con Eduardo Fernández a la cabeza, realizaron en menos de 10 días la proeza de desmontar los equipos, trasladarlos en mulo por sobre media Sierra Maestra y volverlos a instalar. Ya a finales de abril teníamos comunicación directa con el extranjero, y el 1ro. de mayo, Radio Rebelde salía de nuevo al aire, esta vez desde su definitivo emplazamiento en La Plata. Serviría, además, de comunicación con el Segundo Frente Oriental y el de Juan Almeida en Santiago de Cuba.

Otra decisión clave tomada en este viaje fue el traslado del Che para el territorio ubicado al oeste del Turquino, con una misión inmediata: organizar nuestra incipiente escuela de reclutas, proyecto al que había que dar un renovado impulso en previsión de la ofensiva enemiga y de nuestros planes ulteriores, una vez que fuera derrotada. De hecho, ya desde finales de marzo había comenzado a funcionar en Minas de Frío un rudimentario centro de instrucción de combatientes de nuevo ingreso, para lo cual habíamos obtenido la colaboración entusiasta de Evelio Laferté, teniente del Ejército enemigo hecho prisionero en el Combate de Pino del Agua, quien había expresado su disposición a integrarse a las filas rebeldes. Hasta mediados de abril, el puñado de reclutas destinados a esta escuela de instrucción habían realizado prácticas ele- mentales de marcha, táctica y arme y desarme. Nuestra proverbial carencia de recursos nos impedía estar en condiciones de realizar ejercicios con tiro real.

En realidad, la idea era que el Che se hiciese cargo de la instrucción de los reclutas, como tarea inmediata para impulsar la instrucción de los que necesitábamos. Allí estaría disponible para cualquier otra misión más importante.

No digo nada nuevo si repito aquí que en el Che yo tenía un compañero al que estimaba mucho, tanto desde el punto de vista de su capacidad como de su probado desinterés y valentía personal. Desde Minas de Frío, él podría ocuparse de la atención directa a los preparativos para la defensa del sector occidental de nuestro territorio central. Llegado el momento del combate, en él podría confiar, si fuera necesario, la conducción de la defensa de todo ese sector, como de hecho ocurrió.

El Che comprendió mis argumentos y se dispuso gustoso a cumplir sus nuevas funciones. El mando de la Columna 4 quedó a partir de su salida de La Mesa en manos del comandante Ramiro Valdés, quien hasta entonces había sido el segundo jefe de la columna.

Cerca de La Plata, en la finca del colaborador campesino Clemente Verdecia, en el barrio de El Naranjo, funcionaba desde hacía algún tiempo una armería rebelde bajo la responsabilidad del capitán Luis Crespo. En el rústico taller se reparaban las armas defectuosas y se fabricaban varios tipos de implementos utilizados por nuestros hombres en los combates: granadas, bombas de mano, proyectiles de los conocidos como M-26 y las armas adaptadas para lanzarlos.





Una de las responsabilidades de la armería era la confección de la mayor cantidad posible de minas que pudieran ser utilizadas por nuestras fuerzas en emboscadas al enemigo en movimiento. La táctica de hacer estallar una mina en el camino de la vanguardia de una tropa en marcha, nos había dado buenos resultados, por el doble efecto de las bajas que producía y el desconcierto que creaba. Hacía mucho que habíamos aprendido que una tropa en movimiento es tan capaz como su vanguardia, y de ahí que desconcertar, inutilizar o, en el mejor de los casos, liquidar la vanguardia era una de nuestras tácticas principales.



En este trabajo de la fabricación de minas, Crespo -expedicionario del Granma- y sus colaboradores se empeñaron con mucho éxito. Llegada la ofensiva, casi todas nuestras escuadras y pelotones disponían de artefactos de este tipo utilizados muchas veces con bastante efectividad.

Para garantizar esta labor había que ocuparse de la recolección, por todas las vías, de los elementos necesarios para construir las minas, desde el metal hasta los detonadores y los cables. Nunca nos faltó el explosivo de alta calidad porque algunas de las bombas que la aviación lanzaba contra nosotros casi todos los días, no explotaban, y de ellas extraíamos la carga. A veces, hacíamos estallar una completa a los pies de una vanguardia.

A partir de abril la tarea de acopiar material se aceleró con todos nuestros enlaces. Hasta las anillas de las cintas de ametralladoras y los casquillos de las balas disparadas por los aviones enemigos eran de utilidad en la armería como materia prima, y nuestros hombres tenían instruc- ciones de recoger cuantas encontraran, y enviarlas a la armería de Crespo en El Naranjo.

A mediados de abril, un pequeño grupo de mujeres, encargado de la confección de uniformes, se instaló también en la armería de El Naranjo, donde tenían mejores condiciones para trabajar y recibir la mercancía necesaria. Por esta misma época empezamos a dar los pasos para montar un primer taller de curtido de pieles, que pudiera servir de proveedor a la fábrica de botas y zapatos que pensábamos poner a funcionar. Esta actividad tendría que llegar a sustituir en parte al suministro externo por la vía de la compra de ropa y calzado.



Nuestros primeros hospitales y escuelas empezaron también a surgir en la zona de La Plata. Desde finales de marzo había comenzado la construcción de un hospital en Camaroncito, sobre el río La Plata, a cargo del doctor Julio Martínez Páez. Esta instalación no llegó a terminar- se totalmente, aunque prestó servicios médicos desde el primer momento, y en plena ofensiva fue muy afectada por una crecida del río. El personal médico de este hospitalito se trasladó para La Plata, donde funcionó con carácter provisional durante la mayor parte de la batalla, en una de las primeras instalaciones construidas especialmente, como parte de lo que al cabo se convirtió en nuestra Comandancia General.

También a finales de marzo se habían incorporado a nuestras filas los doctores René Vallejo y Manuel, Piti, Fajardo con algunos ayudantes procedentes de la ciudad de Manzanillo, donde Vallejo mantenía una clínica privada hasta el momento en que sus actividades de apoyo a la lucha clandestina del Movimiento lo obligaron a tomar el camino de la montaña. Este grupo se instaló en un lugar conocido como Pozo Azul, cerca de La Habanita, en el fondo de un profundo valle de muy difícil acceso por tierra y prácticamente inmune al ataque de la aviación. Allí, en una rústica instalación construida al efecto con la ayuda de los vecinos de la zona, echaron a andar lo que de hecho fue el primer hospital sedentario de nuestro Primer Frente.

El hospitalito de Pozo Azul funcionó hasta el comienzo de la ofensiva enemiga, cuando decidimos trasladar sus facilidades hacia la zona de La Plata, ante el peligro de que el enemigo pudiera llegar a ocupar aquel lugar, lo cual, en definitiva, no ocurrió. Vallejo se instaló durante la mayor parte de la ofensiva en una casa campesina en Rincón Caliente, a mitad de camino entre la casa del Santaclarero y el barrio de Jiménez.

Otra de las instalaciones establecidas en la zona de La Plata era una especie de cárcel rebelde, dirigida por el ca- pitán Enrique Ermus, a la que alguien jocosamente dio el nombre de Puerto Malanga, por aquello de que si la tiranía tenía una cárcel en Puerto Boniato, la nuestra debía llamarse como la vianda salvadora de los rebeldes. En Puerto Malanga, en unos ranchos construidos al efecto en el fondo del cañón del río La Plata, más arriba de Camaroncito, manteníamos no solo a los guardias que habíamos hecho prisioneros, y que por alguna razón de seguridad no fueron liberados, sino también a aquellos de nuestros combatientes que debían cumplir condena por algún acto de indisciplina o un hecho que pudiera ser delictivo. La cárcel de Puerto Malanga desempeñó cierto papel protagónico en la planificación enemiga, como veremos en su momento.



Al atardecer del 30 de marzo aterrizó en la zona de Cienaguilla una avioneta procedente de Costa Rica, la primera expedición portadora de refuerzos del exterior. En ella viajaban Pedro Miret, Pedrito; Evelio Rodríguez Curbelo, Huber Matos y otros cuatro o cinco compañeros. El cargamento constaba de dos ametralladoras calibre 50, unas decenas de fusiles -entre ellos unas cuantas carabinas semiautomáticas italianas de la marca Beretta-, proyectiles para nuestros morteros y alrededor de 100 000 tiros, enviados por un influyente amigo en aquel país. Este avión no pudo volver a despegar por desperfectos técnicos, y tuvo que ser incendiado para evitar su identificación por el enemigo. Pedro Miret, destacado compañero y cuadro, que fue herido y sancionado en el Moncada, y arrestado en México tres o cuatro días antes de partir el Granma, al ocupársele un lote de armas, se incorporó con los demás a nuestras fuerzas.

El éxito de este primer intento de recepción de suministros desde el exterior por vía aérea nos motivó a dar impulso al plan de acondicionar una pista donde pudieran aterrizar aviones ligeros, ubicada en un lugar relativamente protegido dentro de nuestro territorio central. Como es de suponer, no había en la montaña muchos sitios que se prestaran para esto, pero tuvimos la suerte de encontrar un lugar, que reunía condiciones bastante buenas, sobre el río La Plata, más o menos a mitad de su curso, en la desembocadura del arroyo de Manacas. En este punto, el valle del río era ancho y creaba un espacio llano, de extensión suficiente como para permitir el aterrizaje de avionetas. Denominado con el nombre en clave de Alfa, la pista aérea de Manacas comenzó a ser acondicionada de inmediato por un grupo de nuestros hombres.



El aprovisionamiento desde el exterior se convertía así, por primera vez, en factor importante en nuestros planes, y era sintomático del cambio cualitativo de la guerra en la montaña. Hasta ese momento, nuestra guerrilla se había nutrido, en lo fundamental, de las armas arrebatadas en combate al enemigo. Seguiríamos haciéndolo, pero en las nuevas circunstancias parecía conveniente crear las condiciones apropiadas para poder disponer de un suministro bélico adicional al que se obtendría en los combates. Sin embargo, las experiencias más recientes, en particular la pérdida de un importante lote de armas que traía la expedición de El Corojo, capturadas por el enemigo en Pinar del Río a principios de abril, me hicieron desconfiar de las posibilidades reales de los organizadores del Movimiento en el exilio, y me convencieron de la necesidad de organizar directamente nuestros propios mecanismos de suministro. Esa fue una de las cuestiones a las que dedicamos bastante esfuerzo durante las semanas previas a la ofensiva enemiga, y otra de las razones por las que se hacía necesaria la cercanía de la emisora Radio Rebelde, que sería el vehículo principal para el contacto con el exterior.

Sin duda, un asunto que requería atención prioritaria era la urgente necesidad de acopiar la mayor cantidad posible de parque y otros recursos bélicos, siempre deficitarios para nuestras fuerzas. Baste decir que en las semanas anteriores al inicio de la ofensiva enemiga había escuadras rebeldes cuyas armas semiautomáticas contaban apenas con una docena de balas. Hay un elocuente comentario de Celia Sánchez en uno de sus mensajes conservados de los primeros días de abril: “Cuando la historia se escriba, esta parte no la creerán. Nos hemos defendido con el M-26″.



Es así, casi literalmente. No fueron pocos los soldados rebeldes que fueron al combate en esta época armados tan solo de unos cuantos de nuestros proyectiles caseros a los que habíamos dado el nombre de M-26, que en la práctica hacían más ruido que otra cosa. Este hecho, a propósito, no impidió a los voceros de la tiranía inventar, poco antes de la ofensiva, la risible patraña de que, tras un combate contra los rebeldes, el Ejército había ocupado gran cantidad de casquillos rusos, lo cual evidenciaba nuestros vínculos comunistas, a pesar de que no había un solo ruso en toda la Sierra, ni yo había conocido alguno.

Por eso, en la cuestión del uso del parque, nuestra política era inflexible. Por una parte, la exhortación constante a los combatientes para que ahorraran al máximo las balas en los combates, y el castigo de no enviar suministros de balas a los que hicieran despilfarro evidente de municiones. Por otra parte, establecimos el control estricto de cuanta arma y cuantas balas fuesen ocupadas, que debían ser enviadas de inmediato al puesto de mando en ese momento, pues personalmente asumí la distribución de dichos recursos esenciales.

Una consecuencia lógica de nuestra línea estratégica defensiva era la preparación adecuada del terreno en que se desarrollaría la defensa en la primera fase de la ofensiva. De ahí que la construcción de trincheras, refugios y túneles se convirtió desde las semanas a comienzos de abril en una de las prioridades principales. Si constante era mi insistencia en la conservación del parque en todas mis conversaciones y comunicaciones escritas con los jefes de unidades rebeldes, no menos persistente era mi recomendación de que se dedicaran de lleno a la construcción de trincheras en los lugares más estratégicos de su zona específica de operaciones. Mi aspiración era que cuando el enemigo atacara, nuestros hombres ocuparan posiciones fortificadas desde las cuales fueran capaces de ofrecer una resistencia mucho más efectiva y prolongada, y que cuando se replegaran, lo hicieran a líneas sucesivas de trincheras. Y junto a estas, para combatir, los refugios para protegerse de la aviación. En una palabra, convertir la Sierra en un verdadero panal ante el cual el enemigo tendría que emplearse todavía más a fondo.

Otro elemento importante en los preparativos fue el comienzo de la instalación de una red de teléfonos entre puntos clave del territorio rebelde. Hasta el momento, la comunicación entre nuestras fuerzas había sido exclusivamente mediante mensajeros, por lo general campesinos de la Sierra incorporados a las filas rebeldes, que conocían palmo a palmo el terreno, y estaban entrenados como cosa natural para cubrir largas distancias en la montaña en tiempos asombrosamente breves. Pero la previsible dinámica de las acciones una vez comenzada la ofensiva, que se desarrollaría en un teatro de operaciones bastante extenso, aconsejaba la aplicación de un sistema de enlaces capaz de garantizar comunicación casi instantánea, máxime, teniendo en cuenta que el enemigo dispondría de los medios más modernos de la época para sus propias comunicaciones.

La solución era el teléfono, lo cual planteaba la obtención de los aparatos y de cable suficiente. En abril, las patrullas de escopeteros rebeldes que operaban en las estribaciones de la Sierra recibieron la orden de recoger cuanto aparato y metro de cable telefónico pudieran localizar en los bateyes, chuchos, colonias y poblados de la premontaña y la costa del golfo de Guacanayabo. Muy pronto comenzamos a recibir estos medios, y se inició la ardua tarea de tender las líneas entre los puntos seleccionados, que en una primera fase fueron las instalaciones que se utilizaban como Comandancia -todavía temporal- en La Plata, y las habilitadas en el alto de Mompié, cerca de la casa de la familia de ese nombre, en el mismo firme de la Maestra, a las que habíamos denominado como Miramar del Pino.

Junto a todos estos preparativos, estaba el problema del abastecimiento alimentario de la población campesina y de nuestros combatientes, que se hacía crítico teniendo en cuenta el bloqueo de la montaña establecido por el enemigo, y comenzado entonces a reforzar en previsión de su ofensiva.

Como parte de las medidas para la creación de una base alimentaria lo más autosuficiente posible para el caso de un bloqueo efectivo y prolongado de la montaña, tomamos por esta época la decisión de recoger la mayor cantidad posible de cabezas de ganado en las fincas cercanas a la Sierra, pertenecientes a grandes hacendados o individuos vinculados a la tiranía, con la intención de trasladarlas a la montaña y distribuirlas convenientemente para garantizar, llegado el momento, un suministro de leche y carne para la población campesina y para los rebeldes. A partir de las primeras semanas de abril, nuestras patrullas fueron enviadas en distintas direcciones para iniciar esa recogida, que alcanzó, de hecho, a todas las mayores fincas ganaderas de la costa y la premontaña, incluso, hasta las cercanías de Bayamo.

Ya para esta fecha todos nuestros jefes y colaboradores campesinos tenían instrucciones precisas de lo que había que hacer con el ganado existente en la Sierra y con el que se fuera trayendo del llano. Entre otras cosas, no se podía disponer de una sola res sin orden expresa, y se prohibió el sacrificio de las hembras. Se dispuso, además, la realización de un censo de cabezas de ganado en todo el territorio rebelde. La intención era poner un poco de orden y establecer un control de la distribución de las cabezas de ganado existentes en nuestro territorio, en previsión de las medidas que, sin duda alguna, habría que tomar una vez comenzada la ofensiva y establecido el bloqueo físico de la montaña.

Otro problema crítico era el de la sal. Como parte de las ideas para asegurar el abastecimiento alimentario durante el bloqueo habíamos concebido el proyecto de poner en funcionamiento una pequeña instalación para la elaboración de carne salada, para la cual ya teníamos lugar en la casa de Radamés Charruf, vecino del barrio de Jiménez, y responsable en la persona del combatiente Gello Argelís. Evidentemente, la tasajera de Jiménez, como dio en llamársele a partir de que comenzó a funcionar a mediados de mayo, no podía hacerlo sin carne -para lo cual pensábamos disponer de parte del ganado recogido en el llano- y sin sal abundante, para lo cual teníamos que asegurar el suministro.

La solución era obvia. Nuestro territorio estaba enmarcado al Sur por el mar. De lo que se trataba era de organizar en algunos lugares seleccionados de la costa una producción de sal a gran escala por los métodos tradicionales de secado al sol del agua de mar. Esa fue la tarea que, por recomendación de Celia, dimos a mediados de abril al combatiente José Ramón Hidalgo, conocido por Rico, quien escogió para ello varias playas de los alrededores de Ocujal.

El abastecimiento de gasolina, petróleo, luz brillante y otros combustibles cobraba una significación especial, a causa de la puesta en funcionamiento de la emisora y de varias plantas generadoras en algunas de las instalaciones, como la tasajera, que lo requerían. Era otra tarea para nuestros ya tensos mecanismos de suministro, que debían agregar renglones nuevos a su incesante acopio de víveres, medicamentos y otras mercancías al que había que imprimir un ritmo más intenso.

Hay que decir que durante estas semanas previas al comienzo de la ofensiva, nuestra actividad de retaguardia se creció y estuvo a la altura de los requerimientos. El corazón de ese trabajo, entonces más que nunca, fue Celia. Desde las Vegas de Jibacoa, donde había instalado su base de operaciones por las favorables condiciones del lugar, fue ella quien coordinó e impulsó toda esta labor. Gracias, en gran medida, a sus esfuerzos, nuestros abastecimientos continuaron fluyendo y logramos crear reservas mínimas que resultaron decisivas en los momentos cruciales de la ofensiva. Fue Celia también la encargada de organizar la producción de sal, la fabricación de queso, el fomento de huertos, estancias y crías de cerdos y pollos. Todo ello unido a su atención al cúmulo creciente de asuntos generados por la organización y administración del territorio rebelde, y a su cooperación en los suministros de los medios y herramientas para la construcción de trincheras, así como a la multiplicación de los contactos fuera de la Sierra para la obtención de informaciones, dinero y otros servicios.

A pesar de que todos los indicios hacían suponer que el esfuerzo del enemigo estaría concentrado sobre la zona de lo que pudiéramos llamar el Primer Frente, el esquema defensivo que pensábamos aplicar contemplaba, en esencia, el despliegue de nuestras propias fuerzas, es decir, solo del personal de las tres columnas con que contábamos en el frente. En esta primera fase preparatoria lo único adicional que hice fue pedir a Almeida que se trasladara de nuevo a nuestra zona para reforzarnos con una parte del personal del Tercer Frente Oriental, mientras que el resto debía permanecer en su territorio para tratar de contener cualquier iniciativa enemiga en esa zona y presionar desde la retaguardia a las tropas involucradas en la ofensiva. En el caso de los grupos de Camilo y de Orlando Lara en el llano, la idea inicial era que se mantuvieran en sus zo- nas de operaciones para también actuar en la retaguardia del enemigo. Sin embargo, a principios de mayo ordené a Lara reforzarnos con su pequeño grupo de guerrilleros en el sector noroeste. Y ya en junio, previendo el momento más crítico de la ofensiva enemiga, envié por dos vías instrucciones a Camilo para indicarle en el momento en que debía reforzarnos con 20 ó 30 aguerridos combatientes. En cuanto a Raúl, por la distancia y la importancia de su misión, no movimos un solo hombre del Segundo Frente Oriental.



A finales de abril, el sector noroeste de nuestro territorio estaba defendido por apenas varias escuadras: las de Angelito Verdecia y Dunney Pérez Álamo, sobre el camino de Cerro Pelado a Las Mercedes; las de Andrés Cuevas y Marcos Borrero, sobre el camino de Arroyón; y las de Raúl Castro Mercader y Blas González, sobre el camino de Cayo Espino, mientras que personal de la columna de Crescencio Pérez protegía los accesos a estos lugares desde Cienaguilla. En el sector nordeste contábamos con las fuerzas de la Columna 4 en la zona de Minas de Bueycito -a las que pronto se les incorporaría el refuerzo enviado por Almeida desde el Tercer Frente, al mando del capitán Guillermo García-, con el pelotón de Eduardo Sardiñas Labrada, Lalo, en Los Lirios de Naguas y con la escuadra al mando de Eduardo Suñol Ricardo, Eddy, en Providencia. Por el Sur solo operaban todavía en ese momento algunas patrullas de escopeteros. El número total de nuestros combatientes, cuando se inició la ofensiva, no rebasaba los 230 hombres con armas de guerra.

El 8 de mayo llegaron noticias de que el enemigo había desembarcado tropas por el Sur en El Macho y Ocujal. En definitiva, pocas horas después se confirmó que se trataba tan solo de una falsa alarma. Pero en el primer momento todo parecía indicar que estábamos en presencia de los primeros pasos de la esperada ofensiva. “Considero que de un momento a otro comenzarán a avanzar desde distintos puntos”, le escribí a Ramón Paz a las 11:00 de la noche del propio día 8, pocos minutos después de recibir las primeras informaciones sobre los supuestos desembarcos. Y a Celia le reiteré la misma impresión en otro mensaje, y le agregué:

Hay que salirles al paso con toda energía. Creo que se han adelantado algo, pero todavía es tiempo. Lástima grande que tengamos tan pocos detonadores y fulminantes, pero, ¿qué va a hacerse? Estoy seguro de que vamos a poder combatirlos con éxito. Veremos si avanzan de inmediato, o nos dan aunque sea dos o tres días, cosa que no creo.

Esa noche comencé a tomar todas las disposiciones necesarias para distribuir nuestras fuerzas poco numerosas entre los principales puntos clave. En ese mismo mensaje a Paz, le ordené al capitán rebelde que avanzara “a marchas forzadas hacia Santo Domingo”. Debía dejar allí el personal del pelotón de Francisco Cabrera Pupo, Paco, cuya misión sería defender el camino de Estrada Palma a Santo Domingo a lo largo del río Yara, a la altura de Casa de Piedra. Después Paz debía trasladarse a Palma Mocha y posicionarse en el camino que subía por el río de ese nombre, a la altura de la casa del colaborador campesino Emilio Cabrera, en el lugar conocido por El Jubal. Desde esa posición podría salir al paso de cualquier fuerza enemiga que intentara penetrar desde la costa a lo largo del río Palma Mocha, que junto al de La Plata eran las dos vías más directas de acceso a nuestro territorio central desde el Sur. Tanto Paz como Cuevas eran dos capitanes de pelotones, uno trabajador de las minas de Charco Redondo y otro procedente de Las Villas, ambos excelentes jefes.

En el momento en que redacté este mensaje a Paz, el capitán rebelde estaba cerca de Agualrevés. El día 5 había pasado por La Estrella, más arriba de Minas de Bueycito, adonde había llegado con más de 300 toros y 30 caballos recogidos en La Candelaria, en las cercanías de Bayamo, en cumplimiento del plan de reunir la mayor cantidad de ganado en la Sierra, en espera de la anunciada ofensiva enemiga. El día 9, ya Paz había llegado a Santo Domingo, y al día siguiente ocupó las posiciones indicadas en las inmediaciones de la casa de Emilio Cabrera. En Santo Domingo quedaba el personal de Paco Cabrera Pupo, que se movió río abajo y se instaló en Casa de Piedra.

En el propio mensaje a Paz del 8 de mayo resumí las demás disposiciones defensivas adop- tadas en los accesos más directos a la zona del firme de La Plata, que por su ubicación y por las condiciones que se habían ido creando en ella había sido decidida por mí como el eje central de la defensa:

En Providencia está [Eddy] Suñol, que hará allí la primera resistencia, y los irá frenando hasta llega[r] a la casa de Piedra. Ya en la casa de Piedra, Suñol se replegará por el firme y entonces el ca- mino de Santo Domingo, comienza a ser defen- dido por el pelotón de Paco. [...] Lalo Sardiñas estará cuidando la entrada de los Lirios y Loma Azul. Nosotros cuidaremos la de la Plata.



Con estas disposiciones quedaban cubiertos los principales accesos a la zona de La Plata desde el nordeste. La posible vía de penetración a partir de Minas de Bueycito sería defendida por el personal de Ramiro Valdés y el refuerzo del Tercer Frente, al mando de Guillermo.

En cuanto al sector sur, junto con la ubicación de Paz en Palma Mocha, dispuse esa misma noche el envío de un grupo de combatientes a la boca del río La Plata, a las órdenes de los capitanes Pedro Miret y René Rodríguez.

Y a Crescencio le trasmití la orden de hostigar con una parte de su personal a la tropa enemiga, supuestamente desembarcada en El Macho. En el sector noroeste se mantuvieron por el momento las mismas posiciones asignadas desde finales de abril.

El día 9, el enemigo arreció la intensidad del bombardeo y ametrallamiento aéreo y el cañoneo desde la fragata es- tacionada frente a la costa, concentrados sobre la cuenca del río La Plata. Ya al día siguiente comencé a recibir infor- maciones, en el sentido de que la noticia del desembarco era falsa, al igual que otra de un segundo desembarco por Palma Mocha ese mismo día. En vista de ello, decidí redistribuir de nuevo nuestras fuerzas. El pelotón de Cuevas, que estaba junto con la escuadra de Marcos Borrero en el camino de Arroyón, pasaría a Mompié, en el firme de la Maestra, como reserva destinada a moverse en cualquier dirección necesaria. La escuadra de Álamo, que estaba junto a la de Angelito Verdecia en el camino del Cerro a Las Mercedes, se ubicaría en El Toro, a mitad de camino entre Mompié y Casa de Piedra, también disponible para moverse al punto que hiciera falta reforzar. La escuadra de Raúl Castro Mercader, ubicada junto con la de Blas González en el camino de El Jíbaro, se movería más arriba de Las Mercedes, en el camino hacia Gabiro y San Lorenzo. Marcos Borrero y Blas González permanecerían en sus res- pectivas posiciones. Estos dos jefes serían sustituidos en el mando de sus pelotones antes del comienzo de la ofensiva por Horacio Rodríguez y Alfonso Zayas, respectivamente. Angelito Verdecia, por su parte, pasó dos días después a una posición mejor sobre el mismo camino, en la loma de La Herradura. También quedaba en su lugar el resto del personal de Crescencio que cubría los accesos desde Cienaguilla.

En el sector nordeste, Suñol se mantenía en Providencia, Lalo Sardiñas en Los Lirios y los hombres de Guillermo y Ramiro en la zona de Minas de Bueycito, mientras que la escuadra de Paco Cabrera Pupo, destinada dos días antes a Casa de Piedra, pasaría a una posición en el alto de la Maestra, entre Santo Domingo y La Plata, desde donde también podría actuar de reserva según las circunstancias. Este personal permaneció unos días más en Casa de Piedra, hasta que Paco ocupó su nueva posición con una parte de sus hombres, y otra quedó en el lugar, al mando de Félix Duque. Al Sur, Manuel Acuña se mantendría en El Macho con el personal de la Columna 7 enviado para allá, René Rodríguez y Pedrito en la desembocadura de La Plata, y Ramón Paz en el río Palma Mocha.

En el mensaje en que le informé desde Mompié a Celia estas nuevas disposiciones y le pedí que se las hiciera saber al Che, le insistí en que trasmitiera a todos nuestros capitanes que “por cada camino posible del enemigo, hay que preparar, por lo menos, veinte líneas defensivas”, y le indiqué también:

Las gestiones de mercancía, zapatos y ropa, deben seguirse haciendo hasta el último minuto. Con el tiempo que hemos ganado, nuestra posición está mucho mejor.

En otro mensaje al día siguiente, todavía desde Mompié, le escribí a la propia Celia:

De todas formas no considero perdidas las energías porque adelantamos los preparativos de defensa. Nos conviene, además, disponer de un tiempo mínimo para completar algunas cosas, entre ellas, el teléfono.

[...] No obstante la falsa alarma, todo el mundo debe permanecer en estado de alerta para que no puedan sorprendernos.


A partir de ese momento, en efecto, nos mantuvimos en plena disposición combativa y aceleramos todos los preparativos para la defensa del territorio. El Che realizó por estos días varios recorridos de las posiciones en el sector noroeste, para instruir directamente a los jefes de cada tropa. Las noticias de movimientos de fuerzas enemigas y la ocupación de puntos diversos se multiplicaban, casi todas infundadas.



Otra información, a la que al principio dimos poco crédito, fue la del aterrizaje de un pequeño avión, el 10 de mayo, en nuestra flamante pista de Manacas. Pero resultó ser cierta. El día 12, ya confirmada la noticia, instruí a Crespo para que comenzara a fabricar también bombas que pudieran ser lanzadas desde el aire, y escribí al Che:

Visto el hecho de que ya aterrizó el primer avión y es urgente la necesidad de mantener abierta esa vía el mayor tiempo posible, aparte [de] la posibilidad de utilizar el campo para acciones ofensivas, la zona cobra mayor importancia para nosotros y requiere defenderla de manera más efectiva.

Para lograrlo, dispuse reforzar al personal de El Macho con la escuadra de reserva de Álamo, y a las posiciones de la desembocadura de La Plata con una ametralladora calibre 50 -la de Braulio Curuneaux**- y un mortero, y enviar a Paz para la playa de Ocujal con la otra calibre 50 -la de Albio Ochoa y Fidel Vargas-, con la misión de cubrir otros puntos cercanos donde era factible un desembarco. De esta forma quedaban protegidos casi todos los accesos más favorables desde el mar, salvo las bocas de los ríos Palma Mocha y La Magdalena, para los que sencillamente no tenía personal disponible en ese momento. Las lluvias incesantes de esos días me obligaron a aplazar al día 13 el recorrido personal de estas posiciones, en el que, por la misma razón, tuve que invertir tres días.

Como resultado de esta inspección directa de las posi- ciones, modifiqué un poco la disposición de nuestras fuer- zas en la costa. Para reforzar más aún la desembocadura de La Plata, destiné allí a la escuadra de Álamo, y en El Macho dejé al personal de Crescencio, incrementado y subordinado en esa posición desde ese momento a los capitanes René Fiallo y Raúl Podio, mientras Manuel Acuña regresaba a cubrir la desembocadura del río Macío. De esa manera, la cuenca de La Plata se convertía en una ver- dadera fortaleza, con posibilidades, no solo de impedir el desembarco enemigo, sino también de hacer una fuerte resistencia a lo largo del río, en caso de que los guardias lograran avanzar por tierra. Mi única preocupación im- portante en este sector seguía siendo la boca del río Palma Mocha, a donde pocos días después logramos finalmente destinar una escuadra al mando de Vivino Teruel.

Estábamos convencidos de que con todo este conjunto de disposiciones y preparativos podríamos resistir el gran esfuerzo que organizaba el enemigo. El objetivo estratégico seguía siendo la defensa organizada de nuestro territorio base y de las principales instalaciones creadas en la zona: Radio Rebelde, la pista aérea, la armería, los hospitales, los talleres de confecciones, la tasajera, la cárcel y la escuela de reclutas. La propia dinámica de nuestra férrea resistencia, escalonada en torno al núcleo central de ese territorio, iría provocando, por una parte, el desgaste del enemigo y la pérdida de su iniciativa ofensiva y, por otra, la concentración de nuestras fuerzas, con lo cual se crearían las condiciones que nos permitirían, después de un lapso -que de manera muy tentativa calculábamos de tres meses-, lanzarnos a la contraofensiva y derrotar, capturar o expulsar al enemigo de la montaña.





Nuestro espíritu por estos días previos quedaba claro en las líneas finales de un mensaje que envié a Faustino Pérez el 25 de abril:

Aquí nos preparamos para afrontar en próximas semanas la ofensiva de la dictadura. Derrotarla es cuestión de vida o muerte. El Movimiento debe estar muy consciente de esta realidad y concentrar su esfuerzo en defender esta trinchera. La moral de nuestra tropa está altísima; estamos seguros de que resistiremos y deseosos de que comiencen el avance.

En uno de los partes emitidos a mediados de mayo por Radio Rebelde, decíamos lo siguiente, respecto a los pre- parativos enemigos y a nuestra disposición de combate:

La Comandancia General rebelde se mantiene informada en todos sus detalles de los movimientos enemigos. [...]

El pueblo de Cuba será informado detalle a detalle del curso de las operaciones. Estamos en vísperas de la contienda más violenta que registra nuestra historia Republicana. La Dictadura, dejándose llevar por el optimismo, cree que después del episodio de la huelga general, va a encontrar desalentadas a las huestes revolucionarias.

Los que somos veteranos de tan desigual lucha, los que un día nos vimos con un puñado insignificante de hombres, apenas sin armas y sin balas; los que conocemos estas montañas como la palma de nuestras manos; los que sabemos con qué clase de hombres contamos, el valor de cada combatiente y la pericia de cada comandante y capitán rebelde, nos sentimos tranquilos. [...]

Es que cada rebelde sabe que aun muriendo cada uno de nosotros hasta el último, con el fusil en la mano, será una victoria, será un ejemplo imperecedero para las generaciones venideras, sería revivir en nuestra patria las grandes epopeyas de la historia.

¡Qué torpes los que creen que quienes han vivido con el orgullo de disfrutar la libertad con las armas en la mano, se pueden rendir y aceptar sumisos y avergonzados el yugo de la opresión! ¡Qué necios los que se hacen ilusiones frente a una legión de hombres que han derrotado setenta veces al enemigo en los campos de batalla! A la invitación de que depongamos las armas, solo tenemos una respuesta, ¿por qué no ordenan el avance? Ya es hora de que peleen en vez de implorar rendiciones.


El 25 de mayo, en las Vegas de Jibacoa, tuvo lugar la primera reunión campesina en territorio rebelde. Ese día discutimos con todos los pobladores de la zona, y de muchos otros barrios cercanos, las medidas que considerábamos necesarias para asegurar la cosecha de café y organizar el resto de la actividad económica en vista del bloqueo impuesto por el enemigo a la Sierra y del inminente comienzo de la ofensiva. Ese mismo día, muy cerca de donde estábamos reunidos con nuestros leales y esforzados colaboradores campesinos, comenzó la batalla que tanto habíamos esperado y para la que nos habíamos preparado con tanto esmero, seguros de la victoria.








* En las citas se ha respetado la literalidad de los textos, solo con mínimas correcciones ortográficas, imprescindibles para su comprensión.

** Aunque los medios de prensa y algunos libros han escrito Coroneaux, el apellido que consta en su firma y en el acta de nacimiento es Curuneaux.




viernes, 20 de agosto de 2010

“La victoria estratégica”: La situación general del país y de la lucha revolucionaria en mayo de 1958
(Capítulo 1)




La gran ofensiva enemiga contra el Primer Frente del Ejército Rebelde en la Sierra Maestra fue el esfuerzo organizado más ambicioso y mejor preparado de las Fuerzas Armadas del régimen de Fulgencio Batista para derrotar al Ejército Rebelde.

Se llevó a cabo cuando ya había transcurrido año y medio de guerra revolucionaria en las montañas de la Sierra Maestra. Sería conveniente iniciar este relato con un rápido examen de la situación general del país en mayo de 1958, para comprender mejor el contexto en que se desarrolló la gran operación que el Ejército de la tiranía consideraba definitiva y final.

Fuera del ámbito específico de la Sierra Maestra, en el primer año de guerra se había ido produciendo en el país un marcado incremento del clima insurreccional.

Durante los primeros meses de 1957, mientras se consolidaba nuestra guerrilla en la montaña, ocurría un dinámico proceso de reorganización del aparato clandestino del Movimiento 26 de Julio en las ciudades, y de fortalecimiento de su acción, bajo el impulso de la actividad de Frank País, quien fungía desde Santiago de Cuba como responsable nacional de acción del Movimiento en ese período y, de hecho, como su dirigente clandestino después de las detenciones de Faustino Pérez y Armando Hart en marzo y abril, respectivamente.

En esta labor de Frank fueron notables sus resultados en la reorientación de los grupos de acción del Movimiento, la organización de la lucha en el sector obrero y la estructuración de la resistencia cívica. Una de las prioridades de la actividad de Frank durante las últimas semanas de su vida fue el impulso de la sección obrera del Movimiento, la cual, dentro de nuestra concepción revolucionaria, cuando el ataque al Moncada debía ser la estocada final contra la tiranía después que levantáramos y armáramos la ciudad de Santiago de Cuba. La guerra en las montañas sería la alternativa si el llamado a la huelga no tenía éxito.

Uno de los mayores golpes para el Movimiento y para la lucha revolucionaria en Cuba ocurrió el primer año de guerra, el 30 de julio de 1957, cuando Frank País fue apresado en Santiago y asesinado en plena calle. La muerte de Frank provocó una reacción popular espontánea de tal magnitud que la ciudad quedó virtualmente paralizada durante varios días. El entierro del joven luchador se convirtió en la manifestación de rebeldía más masiva de la historia santiaguera hasta ese momento, y en expresión elocuente del repudio generalizado contra el régimen y el sentimiento de rebeldía de la población de Santiago. Lo que ocurrió ese día demuestra que aquella ciudad de gran tradición patriótica se habría levantado si el 26 de julio de 1953 hubiéramos ocupado el cuartel Moncada.

Otro hecho que conmocionó a la opinión pública nacional y sacudió fuertemente al régimen tiránico fue el alzamiento del 5 de septiembre de 1957 de la dotación naval de Cienfuegos, bajo la dirección de nuestro Movimiento. Los sublevados lograron dominar la Base Naval de Cayo Loco y, con la participación de las milicias del Movimiento 26 de Julio y de numerosos ciudadanos que se aprestaron a luchar con las armas distribuidas al pueblo, comenzaron a combatir en distintos puntos de la ciudad. Durante todo ese día, y gran parte de la noche, se luchó en las calles de Cienfuegos, hasta que vencidos los últimos focos de resistencia popular por los poderosos refuerzos enviados desde Santa Clara, Matanzas, Camagüey y La Habana, la ciudad amaneció el día 6 de nuevo en manos del enemigo.



A mediados de julio de 1957, después del sangriento Combate de Uvero, donde ocupamos gran número de armas, decidimos crear la Columna 4, bajo el mando de Ernesto Guevara. El Che se había destacado en ese rudo combate. Era capitán médico de los expedicionarios. Con una pequeña escolta cuidó y atendió a nuestros heridos. Fue el primer oficial ascendido a Comandante.



El fracaso del primer intento de ofensiva general contra el incipiente Ejército Rebelde creó un estado de frustración en los mandos militares de la tiranía, y la consecuencia inmediata fue el recrudecimiento de la más despiadada represión contra la población campesina en la Sierra Maestra.

En febrero de 1958, el Ejército Rebelde estaba en condiciones de pasar a una etapa superior de desarrollo y, con ello, a un nuevo período en la guerra, tomando en cuenta la experiencia y conocimientos adquiridos.

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En los primeros días de marzo de 1958 partieron de La Mesa, en la Sierra Maestra, dos nuevas columnas rebeldes designadas con los números 6 y 3, al mando de dos nuevos comandantes, Raúl Castro Ruz y Juan Almeida Bosque, ambos combatientes del Moncada y expedicionarios del Granma, recién ascendidos. Uno llevaba la misión de crear el Segundo Frente Oriental Frank País, y otro, el Tercer Frente Mario Muñoz Monroy, en las proximidades de Santiago de Cuba. Entre ambos llevaban casi 100 combatientes de la Columna 1, buenos pelotones y escuadras, y buenas armas. El Ejército Rebelde crecía en hombres, experiencia y calidad. Como ave Fénix había resucitado de sus cenizas.

Durante los meses de febrero y marzo de 1958, me vi en la necesidad de dedicar atención a un flujo creciente de periodistas, tanto cubanos como extranjeros, llegados a la Sierra. Nuestra lucha en las montañas de Oriente ya era motivo de interés en el mundo. Entre los visitantes recibidos se contaron el argentino Jorge Ricardo Masetti, autor después de un hermoso libro sobre nuestra lucha; el ecuatoriano Ricardo Bastidas, asesinado por los cuerpos represivos de la tiranía batistiana; el mexicano Manuel Camín y el uruguayo Carlos María Gutiérrez, quienes publicaron buenos reportajes en la prensa de sus países; el español Enrique Meneses, autor de algunas de las fotos emblemáticas de la lucha en la Sierra; los norteamericanos Homer Bigart, Ray Brennan y otros.

También por esta época pasó varias semanas entre nuestros combatientes el periodista y camarógrafo Eduardo Hernández, muy conocido en Cuba por su sobrenombre de Guayo, quien fue el primer cubano que filmó escenas de nuestra lucha.

Durante los meses iniciales de 1958, al tiempo que se consolidaba la lucha guerrillera y tenía lugar un cambio cualitativo de la guerra, se mantenía en ascenso el clima insurreccional en el resto del país. El decisivo estímulo aportado por las sostenidas victorias rebeldes, el progresivo fortalecimiento de los mecanismos organizativos y funcionales del aparato clandestino del Movimiento 26 de Julio, la participación en la lucha contra la tiranía de sectores cada vez más amplios de la población en todo el país y la escalada en la brutalidad represiva del régimen, contribuían a crear condiciones muy propicias para el desarrollo del enfrentamiento popular en todas sus modalidades.

Este auge de la lucha popular creó en la dirección del Movimiento en el llano la apreciación de que las condiciones eran favorables en el país para el desencadenamiento de la huelga general revolucionaria, que había sido siempre -como expliqué- el objetivo estratégico final para lograr el derrocamiento de la tiranía. En diciembre de 1958, con 3 000 combatientes victoriosos y el llamado a la huelga general revolucionaria, frustramos todas las maniobras contrarrevolucionarias, y controlamos las 100 000 armas en poder de las fuerzas armadas al servicio del régimen en 72 horas.

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No es mi propósito en estas páginas entrar en un examen detallado del proceso que condujo a la huelga del 9 de abril de 1958, de las discusiones sostenidas en el seno de la dirección nacional del Movimiento, incluida la reunión de El Naranjo, en la Sierra Maestra, en los primeros días de marzo de 1958, ni de las causas que motivaron el fracaso del intento de huelga, a pesar de las acciones heroicas ocurridas ese día en muchas localidades del país. Lo que me interesa destacar aquí son dos cuestiones.

Primera, el revés en la huelga general del 9 de abril constituyó un duro golpe para el Movimiento clandestino en el llano, que durante las semanas subsiguientes se vio obligado a reorganizar sus fuerzas. Desde la Sierra Maestra yo expliqué, a través de Radio Rebelde, las lecciones del fracaso y proclamé mi optimismo acerca de las perspectivas de la lucha contra la tiranía: “Se perdió una batalla pero no se perdió la guerra”.

Debo señalar que dentro del Movimiento 26 de Julio, su dirección en la clandestinidad, nunca consideró el desarrollo de una fuerza militar capaz de derrotar a las Fuerzas Armadas de Cuba. Era natural, en esa etapa, que no pocos de nuestros cuadros no vieran en el pequeño ejército una fuerza capaz de vencer al Ejército de Batista. Lo creían capaz de generar un movimiento revolucionario en el seno del ejército profesional que, unido al 26 de Julio y bajo su dirección, derrocara a Batista y abriera las puertas a una revolución. Nosotros luchábamos para crear las condiciones para una verdadera revolución, con la participación, incluso, de los militares honestos dispuestos a incorporarse a ella. En cualquier circunstancia éramos partidarios de crear una fuerte vanguardia armada.

En el Granma no venía ni el 5% de las armas automáticas que considerábamos necesarias para una lucha exitosa, apelábamos por ello a los fusiles de precisión y otras armas asequibles para derrotar a las fuerzas de los institutos militares al servicio de Batista. Al fin y al cabo, nos vimos obligados a partir de cero, después del ataque sorpresivo enemigo en Alegría de Pío. Nuestro proyecto había recibido de nuevo un rudo golpe. No podíamos exigirle a otros que creyeran en nuestra victoria militar, había primero que demostrarla. Hoy no albergo la menor duda de que sin la victoria del Ejército Rebelde, la Revolución no habría podido sostenerse.

La experiencia del frustrado intento de huelga trajo como resultado la revisión a fondo de las concepciones organizativas y de lucha en el seno del Movimiento 26 de Julio, que quedaron plasmadas en un conjunto de decisiones políticas y organizativas tomadas en la reunión de la dirección nacional del Movimiento, efectuada el 5 de mayo de 1958 en Mompié, corazón del territorio del Primer Frente en la Sierra Maestra. Estas decisiones contribuyeron a la elevación de la acción insurreccional a un plano superior e, incluso, al logro definitivo de la unidad entre las diversas fuerzas revolucionarias.

Segunda, el fracaso de la huelga de abril alentó a la tiranía a la aceleración de los planes de la gran ofensiva que venía preparando contra el Ejército Rebelde y, en particular, contra el territorio del Primer Frente, desde la derrota de la campaña de invierno. Hay constancia de que los mandos militares de la tiranía consideraron propicio el momento para lanzar su gran ofensiva partiendo del supuesto de la desmoralización que ellos consideraban había causado entre nosotros el revés del 9 de abril.

Esta era la situación en la Sierra Maestra y en el país en mayo de 1958, cuando se desató la gran ofensiva que el enemigo consideró como la batalla definitiva que liquidaría de una vez por todas la amenaza rebelde.

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Infortunadamente, existen muy pocos documentos sobre los planes de operaciones del Ejército batistiano para destruir el pequeño Ejército Rebelde cuando comenzó a dar nuevamente señales de vida, después de su segunda liquidación, esta vez en los altos de Espinosa, cuando un pequeño grupo de 24 hombres estuvo a punto de ser totalmente liquidado con todos sus futuros comandantes: Raúl, jefe del Segundo Frente Oriental; el Che, jefe del frente al este del Turquino y de la Columna Invasora Ciro Redondo; Camilo Cienfuegos, jefe de la vanguardia de nuestra columna; Efigenio Ameijeiras, de la retaguardia de la misma, que dirigidos por mí, con el resto de los expedicionarios del Granma, asestamos los primeros golpes al enemigo, causándoles numerosas bajas a los paracaidistas de Mosquera y a las tropas de Casillas, sin sufrir una sola baja. Conmigo, en los altos de Espinosa, el enemigo estuvo a punto de eliminarnos a todos por la traición de Eutimio Guerra.

El desarrollo de la gran ofensiva enemiga del verano de 1958 contra el Primer Frente de la Sierra Maestra y su rechazo por el Ejército Rebelde, que vamos a ofrecer en este volumen, no se entendería plenamente sin una información previa, aunque sea breve, de los fundamentos de la planificación de esa ofensiva, realizada por los mandos militares de la tiranía.

El 27 de febrero de 1958, el teniente coronel Carlos San Martín, jefe de la Sección de Operaciones del Estado Mayor del Ejército, presentó a sus superiores un memorándum clasificado como “Muy Secreto” y titulado “Plan F-F (Fase Final o Fin de Fidel)”. Este documento estaba relacionado con el plan de operaciones para la gran ofensiva enemiga del verano de 1958, con el “Visto Bueno” del director de Operaciones, mayor general Martín Díaz Tamayo, y del jefe del Estado Mayor del Ejército, teniente general Pedro A. Rodríguez Ávila.

Después de los combates de Mar Verde, el 29 de noviembre -donde murió Ciro Redondo-, el del alto de Conrado, el 8 de diciembre, que sostuvo la columna del Che contra las fuerzas del entonces comandante Ángel Sánchez Mosquera, y de la ocupación de la base permanente de la Columna 4, a las órdenes del Che en El Hombrito, la penetración en el territorio rebelde por el frente oriental perdió impulso. Sánchez Mosquera se vio obligado a realizar una retirada por las faldas del Turquino hacia Ocujal. En el frente occidental de la Sierra, una compañía enemiga al mando del comandante Merob Sosa, otro despiadado asesino, fue emboscada y desarticulada en las cercanías de Mota, el 20 de noviembre, por un pelotón de la Columna 1 dirigido por Ciro Frías. Otra tropa fresca, bajo las órdenes del comandante Antonio Suárez Fowler, fue batida en Gabiro ese mismo día por otros pelotones al mando de Efigenio Ameijeiras, Juan Soto -quien murió en ese combate-, y otros capitanes rebeldes de la Columna 1. Las fuerzas de nuestra columna en aquellos días no rebasaban los 140 hombres con armas de guerra.

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Los cinco batallones de infantería y varias compañías independientes chocaron con una resistencia mucho más organizada y sólida que la esperada por el enemigo a fines de 1957. En junio de ese año, Frank País había enviado un contingente de jóvenes combatientes del Movimiento 26 de Julio, a las órdenes de Jorge Sotús, para reforzar al pequeño grupo de 30 hombres que había sobrevivido y golpeado a las tropas batistianas que, al mando de los paracaidistas y de Casillas, nos perseguían con saña. Entonces combatíamos con las armas recogidas por el futuro comandante Guillermo García, primer campesino sumado a los sobrevivientes de la expedición del Granma tras el ataque sorpresivo de Alegría de Pío que prácticamente liquidó, en brevísimo tiempo, nuestra fuerza, la que nos había costado organizar, entrenar y armar durante más de dos años.

Después del ataque frustrado al Palacio Presidencial por el Directorio Revolucionario, y la muerte de su jefe, José Antonio Echeverría, las armas empleadas en esa acción fueron enviadas a Santiago de Cuba por Manuel Piñeiro. Frank remitió una parte de estas por mar a la Columna 1, y con ellas se libró el sangriento Combate de Uvero.

Los primeros meses de 1958 constituyeron el período de extensión y profundización de la lucha guerrillera en los llanos del Cauto, con la llegada a esa zona de una pequeña columna al mando del capitán Camilo Cienfuegos, poco después ascendido a comandante. Fue cuando preparamos y lanzamos el segundo ataque al campamento enemigo en Pino del Agua, la primera acción de gran envergadura operacional de nuestro Ejército Rebelde; también en ese tiempo creamos las Columnas 6 y 3, al mando de los comandantes Raúl Castro Ruz y Juan Almeida, respectivamente -participantes en el ataque al cuartel Moncada el 26 de julio de 1956 en Santiago de Cuba-, y extendimos la guerra al este de la Sierra Maestra y a las montañas al noroeste de la antigua provincia oriental.

El 21 de marzo de 1958 tuvo lugar una conferencia del Estado Mayor para discutir los planes futuros de operaciones. La reunión duró cuatro horas, con la participación de todos los cabecillas militares del régimen, entre ellos el general Francisco Tabernilla Dolz, jefe de Estado Mayor Conjunto; el teniente general Pedro A. Rodríguez Ávila, jefe del Estado Mayor del Ejército; el mayor general Eulogio Cantillo Porras, jefe en ese momento de la División de Infantería -a quien quizás ya se había decidido nombrar jefe de la zona de operaciones con vistas a la próxima ofensiva- y el coronel Manuel Ugalde Carrillo, jefe hasta ese momento de la zona de operaciones.

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El coronel Ugalde Carrillo propuso crear nueve batallones de combate contraguerrillas, integrados cada uno por dos compañías de fusileros, reforzadas con armas pesadas. Cada uno de estos batallones estaría compuesto por un total de 186 hombres, y contaría con dos morteros de 60 milímetros; dos bazucas de 4,2 pulgadas; dos ametralladoras calibre 30; 12 fusiles automáticos; 48 carabinas y 114 fusiles, lo cual les aseguraría un considerable poder de fuego. La nueva ofensiva podría comenzar inmediatamente después que concluyera la zafra y la ejecución del anterior plan de hostigamiento a nuestras fuerzas.

La propuesta del jefe de la zona de operaciones fue rechazada. El Estado Mayor del Ejército elaboró un plan en el que también se contemplaba la creación de nueve batallones, pero, en este caso, integrados por tres compañías cada uno, y una composición diferente. Quince de las 27 compañías requeridas serían las mismas que ya existían en la zona de operaciones, cuya integridad se mantendría. Las otras 12 serían compañías de fusileros de 85 hombres cada una, compuestas por reclutas.

En principio, los batallones a los que se les asignaron las misiones más importantes estarían constituidos por una de las compañías reforzadas de la División de Infantería y dos de las nuevas compañías de fusileros, para un total aproximado de 360 hombres por batallón, es decir, el doble de los propuestos por Ugalde Carrillo. La masividad de esta cifra seguramente resultaba más tranquilizadora para los estrategas del Estado Mayor. Por otra parte, al estar dotada una de las compañías con armas pesadas, se creía haber dado con una solución que, aunque sacrificaba la movilidad, garantizaba un golpe más sólido.

En definitiva, este esquema de organización fue cumplido en líneas generales. Lo único que varió fue la canti- dad total de hombres. La cifra considerada necesaria para la ofensiva fue creciendo entre los meses de febrero y mayo en una verdadera espiral, en cuanto a volumen.

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Los que estaban pasando escuelas terminarían su preparación de manera escalonada entre mediados de marzo y mediados de junio. No se podría contar con el personal necesario para la ofensiva, al menos hasta la segunda quincena de abril.

A estas circunstancias se añadió un “regalo” de la dirección nacional del Movimiento 26 de Julio: el fracaso de la huelga revolucionaria, que costó muchas vidas de combatientes heroicos. La tiranía consideró llegado el momento psicológico oportuno para dar la batida final en las montañas de Oriente. Partían del supuesto de que, el fracaso de las acciones relacionadas con la huelga habría creado un ambiente derrotista y la desmoralización en las filas rebeldes. No conocían el temple de nuestro pequeño ejército ni el hábito de renacer de sus cenizas.

En el más reciente plan todavía se mantenía la fórmula de organizar y entrenar las nuevas unidades fuera de la zona de operaciones y trasladarlas allá en el último momento para aprovechar al máximo el supuesto factor sorpresa.

Ya a la altura de los primeros días de marzo, la jefatura de la zona de operaciones consideraba insuficiente su propia petición de nueve batallones de combate para la ofensiva. La cifra requerida se había elevado a 13, sin contar con otro batallón de infantería de marina que se solicitaba a la Marina de Guerra, y con las fuerzas de los escuadrones de la Guardia Rural, entre otras presentes también en la zona de operaciones.

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El jefe del Estado Mayor se refirió a la Columna 6, al mando de Raúl, que ya para esa fecha había establecido el Segundo Frente, afirmando que constituía “una amenaza grave a la retaguardia”.

El 25 de ese mes -marzo de 1958- se ordenó el alistamiento de otros 4 000 ciudadanos como soldados de la Reserva Militar, quienes deberían completar las cifras y estar disponibles para cualquier eventualidad.

El alto mando tomó la decisión de incorporar a las fuerzas de la zona de operaciones, con vistas a la proyectada ofensiva, nuevos contingentes procedentes de distintos mandos militares, cuya participación no había sido contemplada en un inicio. Así entraron a formar parte de la planificación cinco nuevas compañías de la División de Infantería, una del Regimiento de Artillería, dos del Cuerpo de Ingenieros, dos de la Fuerza Aérea del Ejército, una de la Escuela de Cadetes y nueve de los diferentes regimientos de la Guardia Rural, para un total de 20 unidades. En las semanas subsiguientes seguirían agregándose compañías, hasta alcanzar el gran total de 55 unidades que participarían en la zona de operaciones durante todo el desarrollo de la ofensiva. La mayor parte de estas nuevas compañías estarían formadas, indistin- tamente, por soldados de relativa antigüedad y reclutas, en proporción variable según el caso.

El 25 de mayo, primer día de la ofensiva, el enemigo contaba ya con no menos de 7 000 hombres disponibles para la ejecución directa del plan de operaciones, y llegó a movilizar, en total, alrededor de 10 000 efectivos.

Para combatir el torrente de soldados que se nos venía encima, el Primer Frente de la Sierra Maestra había logrado reunir para la fecha alrededor de 220 hombres con armas de guerra, incluyendo el personal de la columna del Che, organizados en pelotones y escuadras, muchas de estas con jefes nuevos, sin gran experiencia, pero con excelente disposición y gran vergüenza. Otras pequeñas unidades de la Columna 3 del comandante Juan Almeida, bajo el mando de Guillermo García, se estaban ya incorporando a la defensa, y alrededor de 40 hombres de la intrépida tropa de Camilo, los primeros combatientes del llano, marchaban hacia la Sierra Maestra. Juntos seríamos alrededor de 300. Este libro contiene la narración sintética y absolutamente fiel de lo que ocurrió.



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